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Emitir opiniones

Advertí pronto, siendo aún un chaval en casa de mis padres adoptivos, que los humanos cultivan una tendencia exagerada a la exaltación de sus emociones cuando surgen ciertos temas, rayando –si no sobrepasando- la pasión exacerbada en ocasiones de tensión dialéctica extrema. Así, por ejemplo, si sale a relucir en una tertulia –en privado o en foros públicos, tanto da- la política o el fútbol, por ejemplo, los contertulios emiten sus opiniones subiendo los decibelios de sus voces en proporción directa al desconcierto que cada uno de ellos experimenta porque los demás no compartan su, para ellos, indiscutible punto de vista. Hay ocasiones en que, para dejar bien clara la inamovilidad de su postura, alguno de ellos la emprende a mamporros con algún otro, para que aprenda. A este método se le denomina conductivismo y hay veces en las que funciona – al menos aparentemente- y el contrincante –en principio dialéctico y después pugilístico- parece reconocer lo equivocado de su punto de vista y lo acertado del de aquel que lo ha dejado molido, aunque nunca existe una certeza absoluta sobre la verosimilitud de tan brusco y accidentado cambio de opinión.

 

 

“Las corbatas limpias se sienten atraídas por la sopa del día.” Murphy, Ley de

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