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El golf

Me hace gracia la trifulca que lían de tanto en tanto los humanos cuando se ponen a debatir sobre la interrupción del embarazo; y digo que me hace gracia porque tras miles de años siguen, en el fondo, disfrutando con la discusión hasta el punto de olvidar el tema que ha dado pie a la misma; son como críos. Por lo que respecta a este asunto hay dos bandos o facciones que mantienen posturas enfrentadas. Unos están a favor de que sea la mujer embarazada la que libremente decida sobre lo que desea hacer con su cuerpo. Es decir, para ellos la libertad de la mujer, de la portadora del feto, es el eje sobre el que gira todo el asunto, y podrá ésta deshacerse del feto a voluntad y sin rendir cuentas a nadie, ejerciendo su esencial derecho a decidir libremente. Otros en cambio defienden la dignidad del embrión, al que ya consideran un ser humano, y sostienen que el aborto es un asesinato. Este segundo grupo suele estar abanderado por la Iglesia cristiana –en cualquiera de sus doctrinas- cuya influencia sobre  los gobiernos occidentales no es ningún secreto. La ley en general trata de adoptar una postura sincrética y a veces hasta lo consigue, pero lo usual es que se decante en mayor o menor medida hacia una de las dos posturas. Yo ni quito ni pongo rey, ya verás, a mí plim, pero echo de menos una reflexión seria y comprometida en ambos bandos. A mí se me ocurre que habría que establecer, si ello es posible, el momento en el que el embrión pasa a ser un ser humano de pleno derecho, que desde el punto de vista cristiano equivale a preguntarse cuándo le es dada el alma. La Iglesia, a lo largo de la historia ha ido variando su postura al respecto, desde el traducianismo de Tertuliano, quien sostenía que el alma era transmitida a través del semen y que la Iglesia no tardó en considerar herejía, hasta el creacionismo de Tomás de Aquino, que postulaba que el alma le era insuflada al feto en un punto determinado de su desarrollo, punto que posteriormente la Iglesia ha ido variando a capricho. Hay un momento esencial en el que creo que nadie dudará que ese feto es ya un ser humano completo y digno. Se trata del parto, del alumbramiento a este mundo de ese ser hasta entonces biológicamente vivo en un entorno muy distinto y mucho más protector: el seno materno. La pregunta entonces es ¿hasta cuándo, en el embarazo, puede una mujer disponer libremente de su cuerpo sin asesinar a un ser humano? No veo yo muy claro que así planteada, exista una respuesta válida para todos, porque al introducir en la ecuación el término “alma”, tan evanescente y controvertido, ni siquiera entre los creyentes habría consenso –a los exegetas de los Evangelios me remito-. Tal vez sería más sensato, a mi modo de ver, volver la vista hacia la ciencia, que asistida por el sentido común y respaldada por una jurisprudencia no contaminada por filias ni fobias podría contribuir a trazar el sendero –no exento de espinos- que permitiese a los humanos alcanzar sin odios acuerdos esenciales que protegiesen tanto vidas como dignidades.

Me gusta jugar al golf. Además se me da bien porque en vez de mirar alternativamente y en sucesivos movimientos de cabeza, ya la bola, ya el hoyo –o el punto al que deseas que la bola vaya a parar- para apuntar debidamente, yo despliego con disimulo mi ojo izquierdo y, cual periscopio, lo enfoco al punto de destino, mientras que el derecho queda fijo en la bola. De esta manera obtengo una visión estereoscópica que favorece mi juego. A este paso pronto bajaré  mi hándicap lo suficiente para que me dejen entrenar en el campo de prácticas y deje así de golpear las cabezas de los desprevenidos que caminan por el paseo marítimo bajo mi casa.

“Corrige mucho si quieres escribir algo digno de ser leído”. Horacio.

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