Me entero por casualidad que la Academia de la Lengua prefiere el término ‘alergista’ al de ‘alergólogo’. Tú verás que llevo años sufriendo la cruz de la puñetera alergia y no he conseguido curarme por mor de un matiz léxico. Y lo extraño es que no aparece en las páginas amarillas ‘alergista’ como entrada. ¿Será que como ‘alergólogo’ tienen un retintín evocador de ciencia profunda y arcana –como paleontólogo- todos los alergistas se anuncian como alergólogos? ¿O tal vez que ‘alergista’ destila reminiscencias de corte difuso o equívoco, como masajista o sufragista, y por ende temen los portadores de dicha nominación que les puedan hacer de menos no equiparándoles con los colegas de otras especialidades, prefiriendo para evitarlo ser reconocidos como alergólogos? Todos los alergólogos que he consultado me han dado como caso perdido. Espero encontrar algún día un buen alergista que me redima de mis cada vez más frecuentes malestares, que ya van siendo, a veces, casi suplicios.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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