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El rana

Eran cinco o seis, ya no lo recuerdo, hace años del comienzo de la historia. Todos andrajosos, de aspecto enfermizo, desarrapados. Montaron un negocio, no como los de Mario Conde, claro, pero les salvaba la vida cada día. Eran hermanos y se dedicaban a realizar encargos a los trabajadores del polígono. Los abastecían de bocatas y de refrescos, para lo que utilizaban un carrito decrépito que habrían rescatado de algún centro comercial. El cabecilla era el Rana, deforme, enano y llamativamente feo, con ojos saltones y dientes que sobresalían entre los labios. Eran cumplidores. No pasaría de los trece años el mayor, el Rana, y rondaría los siete u ocho el menor. Provocaban risas por su talante atrevido y dicharachero; también, creo, lástima, inevitablemente.

Hace casi veinte años. Hoy, uno de ellos trabaja en la empresa que entonces yo dirigía, aunque nadie daba un duro por su porvenir. El Rana creció, se echó novia y, en una cena a la que la invitó, comiendo un muslo de pollo, se le enconó un trozo en la garganta y murió asfixiado. Este mundo es una puta mierda y yo no puedo contener las lágrimas.

Comentarios

hombredebarro ha dicho que…
Tienes textos muy interesantes. Me he dado una vuelta por el blog y veo que te gusta la contundencia y que cuando hablas de algo lo haces desde un punto de vista bastante personal e insólito. Saludos.
Luis Recuenco ha dicho que…
Gracias por ese comentario alentador. Un saludo.