Soy un insensible. Ayer una chica me dijo que mi cara era inubicable, que no acertaba a insertarla en ninguna nacionalidad -sea o no estatal- conocida. ¿Era italiano, argentino tal vez, griego? Mi respuesta la descolocó, como supuse cuando me dio la bofetada. Y es que ser y reconocerse alinígena descoloca, lo sé, pero qué le vamos a hacer. Cuando abandonó ofendida el local sin dignarse a volver la cara hacia mí para una última mirada supe que no siempre es una buena opción decir la estricta verdad.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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