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Melancolías

Un cansancio que tiñe mis ojos de abril  y cierra mis poros al éter de la epifanía primaveral que antaño anegaba los rincones de mi alma, toma por asalto mi mente y mi cuerpo, desazonados, hueros e incapacitados para la lucha por la musa que el hastío me arrebata con arteras artimañas urdidas por el malévolo e inevitable subconsciente. Me abandono a mí mismo y no me asiste el menor remordimiento. Laxo e indolente, sin atisbo de esfuerzo por superarme, floto como boya a la deriva sin más esperanza que ser lo que por inercia voy siendo, sin otro anhelo que seguir siendo sin ser del todo -porque ser lo que potencialmente se puede llegar a ser entraña un insufrible sufrimiento-, la ilusión por otras ambiciones perdida entre las brumas de una primavera soporífera. Nada añoro y nada espero; vivo, como el Dios de san Agustín, en un eterno presente atemporal e, inmutable como un zombi, asisto al espectáculo desapasionado que la vida exhibe sin pudor y que conmueve, que persuade, que incluso hechiza a quienes, a diferencia de mí, encuentran la redención dentro de los límites de sus propias almas. El único espíritu que me habita es el espíritu de la contradicción; me desdigo a cada rato, me reinvento cada tarde, me diluyo en mi apatía y muero, cuando muero, en el regazo  de mi propio olvido. Serán melancolías.

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