El ejercicio de la reflexión es tarea ardua que no todas las personas llevan a cabo, puede que por pereza, por no añadir al elenco de sus preocupaciones otra que pueden ahorrarse sin mayor inconveniente. Pero una mente reflexiva es una espíritu valiente y dispuesto a enfrentarse al mundo y a sus problemas. Decía George Santayana que vivimos trágicamente en un mundo que no es trágico. Y tiene razón, porque el mundo, la vida, es como es y punto. La adjetivamos, según nuestro carácter y estado de ánimo, nosotros. De ahí que seamos seres privilegiados: podemos elegir entre vivir mal o vivir bien, a capricho. La pregunta lleva implícita la respuesta: ¿Entiende todo el mundo lo que el bien y lo que es el mal?
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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