Por fin el sol gana la batalla a los nubarrones que durante días sólo han traído a mi tierra malos presagios. La gente se anima y ya se ven algunos cuerpos pálidos tendidos en al playa como lagartos. En mi planeta de origen tienen implantado un sistema de regulación atmosférica que permite disfrutar un clima bonancible estés donde estés. No tienen, claro, ningún problema con el agua, básicamente porque apenas se necesita. Un habitante de allí pesa por término medio 580 kilos, lo que aquí pesaría una estatua de granito con las mismas dimensiones. Por eso les queda aún por resolver el problema del transporte aéreo de pasajeros. ¿Te imaginas un avión con doscientos seres de semejante peso? No podría ni despegar. Por eso en mi planeta no existe el miedo a volar, pero sí el pánico a usar el ascensor, ya que aunque han de subir de uno en uno, no es infrecuente que haya averías ocasionadas por el sobrepeso. Otro día hablaré de las dietas que siguen las personas obesas allí, en mi añorado planeta.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
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