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Animales


Existe, aunque algunos no se lo crean, un paraíso para los animales, al que van cuando se mueren. Hay privilegios especiales para los que han sufrido la crueldad de las personas o han muerto por mano de éstas. Allí podríamos ver, si pudiéramos, a perros que en vida fueron ahorcados o quemados vivos o apaleados o expulsados del paraíso terrenal -que para ellos había sido la casa de sus amos desagradecidos- sin haber cometido pecado alguno. También contemplaríamos el rumiar silenciosos de los borriquillos que trabajaron como mulas y murieron extenuados y a aquellos que usan en Palestina para dirigirlos, cargados de bombas camufladas, contra puestos de vigilancia israelíes. Asombrosamente, comprobaríamos que las huellos de sus tormentos han desaparecido allá en su paraíso particular y gozan de una ya eterna salud de hierro.
Resulta curioso que los humanos empleen como apelativos injuriosos los nombres de los animales que más fieles o útiles le son -burro, asno, cerdo, perro- y reserven los de los que les son hostiles y pueden poner en peligro sus vidas para elogios y lisonjas -tigre, león, lince, oso-. La ingratitud humana desconoce límites y siempre está dispuesta a dar cumplida cuenta de los que la envidia, el rencor o la simple mala leche les dictan, sean congéneres o no. Para los primeros, los propios humanos, conociéndose y por tanto temiéndose, inventaron unas normas coercitivas y punitivas que frenasen -con calamitosos resultados, según hemos ido  comprobando a lo largo de los siglos- los oprobios y las masacres dentro de la especie; los segundos quedaron fuera de ese reglamento y han sido víctimas impunes de la mala conciencia de quienes tanto les deben.

Yo disfruto de la compañía de muchos animales -algunos de ellos son mis mejores amigos-, y cuanto más los conozco, menos entiendo a los humanos.

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