Según el afamado psiquiatra Víctor Frankl, el número de personas con depresión disminuye significativamente en tiempos de convulsión social extrema, como es el caso de una guerra. La angustia vital que produce no encontrar un sentido a la vida desaparece –o pasa a un segundo plano- cuando la vida misma, esa que antes de aparecer el conflicto carecía de sentido -y esa ausencia de sentido vital propiciaba la depresión-, pasa a estar en riesgo permanente de exterminio. También es curioso, y muy probablemente tenga estrecha relación con lo anterior, que se practique el sexo, desesperado y a la menor ocasión, bajo las mismas circunstancias de peligro persistente. Se folla, sin preámbulo previo de coqueteo, de ligue, con sólo una mirada de angustia entre dos personas, que saben, o suponen, que tal vez sea el último polvo. También cabe imaginar que aquí interviene un mecanismo oculto de la especie para asegurar su supervivencia: si corremos peligro de desaparecer, follemos indiscriminadamente para que la especie continúe con nuevos retoños. El caso es que los parámetros morales que gobiernan nuestras vidas en sociedad desaparecen y dejan paso al instinto más primitivo, ese que tal vez garantizó nuestra supremacía como especie a través de los milenios.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
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