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La impaciencia

Hay muchos motivos que llevan a un  escritor (aunque sea amateur, diletante, novel, o como se quiera clasificar a tantísimos que escribimos, aunque nuestros escritos lleguen sólo a unos pocos) a dejar de escribir un día, una semana o el resto de nuestra vida. La causa principal es la pereza, disfrazada en ocasiones de las más peregrinas excusas que la enmascaran para no sumar a la necesidad voluntariamente sofocada de creatividad el remordimiento de que se ha hecho por un fundamento baladí. Llevo días que me cuesta escribir este blog por pura pereza, aunque su origen sea más mental que somático –lo que me alegra, ya las trabas mentales son las más difíciles de superar- y constato con alegría que soy capaz de vencerla –a la pereza- con un mínimo esfuerzo de voluntad. El Demiurgo quiera que sea así siempre.

Hay una señora mayor que cruza una vía por el paso de cebra de un semáforo. A la pobre le cuesta recorrer el breve trayecto de una acera a la otra. Sin acabar aún, el semáforo de los coches se pone en verde. Un conductor increpa con palabras groseras a la anciana señora de lento caminar .”Me cago en tus muertos, vieja de los cojones”. La señora se gira hacia el soez conductor y, sacando una escopeta recortada de entre los faldones de su arcaica indumentaria, lo acribilla en plena calle. Al mismo tiempo suenas sirenas de coches de policía, La anciana echa a correr que se las pela. La policía, confusa, avisada por la sucursal de La Caixa de que alguien había cometido un robo, se centra en el conche del prepotente conductor aniquilado a tiros por ‘El Ladrón de la Tercera Edad’, quien tras sus catorce golpes consumados aún no ha dejado pistas para sus localización. Puede que hoy haya dejado la primera.

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