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La muñeca

En un intento desesperado por no perder a su esposa para siempre y tras un vano intento de retenerla suplicando de rodillas y jurando que no le daría más palizas, Aurelio se vio obligado a encerrarla bajo llave. Pasaron lentos, inacabables, los días para ella, pero la coraza que la protegía del dolor y que había ido construyendo su marido con cada bofetada, cada puñetazo, cada patada con que le había golpeado el cuerpo y el alma durante años, la ayudaba a no desmoronarse, a no sucumbir al hechizo de la locura, tal vez conveniente ya en su caso –un evadirse, un enajenarse de sí misma y de su mundo estrecho y opresivo, violento como una mazmorra de la inquisición, trágico y letal como un auto de fe-, tal vez esa escapada fuese la única posible ahora, pero ella eligió aguantar. Como estaba en la habitación que había sido de su hija Aurora antes de que se casara con aquel bendito que se la había llevado lejos, a vivir en donde no llegara la larga y brutal mano de Aurelio, que tampoco a su hija había respetado, se entretuvo con las muñecas de su hija. Para mantener su mente ocupada, acometió la tarea de clasificarlas, de ordenarlas poniéndole fecha y asociando un recuerdo dulce a cada una. Una Barbie de cabellera deshilachada y tuerta de un ojo: 1983, tercer cumpleaños de Aurora, fiesta con sus primas, ella metió la nariz en la tarta cuando soplaba para apagar las velitas, qué risas, etc.

Un mes más tarde, cansado de preparar cada día una insípida comida para su mujer –vaya coñazo de tía, daba por culo hasta encerrada, y menos mal que la habitación tenía baño- y que depositaba en el suelo tras abrir a medias la puerta de la habitación, procurando no mirarla, no ver para no tener remordimientos, ni, por descontado, dirigirle la palabra, que se enterara de quién llevaba allí los pantalones, Aurelio decidió que a lo mejor ya era suficiente, que habría recapacitado y no volvería a asustarlo con la estúpida idea de irse de casa. Tras horas de dudas decidió liberarla. Abrió la puerta y le dijo en tono hosco y culpable que podía salir, que ahora todo sería diferente, ya vería.

Ella salió. Llevaba una muñeca a la que mecía con sus brazos y le cantaba bajito una nana. Cuando Aurelio le preguntó que qué demonios hacía, ella se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio, y le susurró que estaba durmiendo a su hija Aurelita y que después estaría lista para que él la atara a la cama y le hiciera aquello otra vez, aquello que había comenzado estando ella aún embarazada y por lo que recibió, ante su única negativa a participar en aquel horror por temor a que el feto pudiese morir, la primera paliza de su marido. “Te juro que hoy no gritaré”, le dijo con lágrimas que manaban de sus ojos extraviados, “no voy a despertar a la niña y tú no te enfadarás”.

Después de todo, no había podido resistirse a los hechizos de la locura.

Comentarios

Julito ha dicho que…
hola
pues como siempre suele pasar, he llegado a este blog dando saltos de uno a otro, echando un vistazo... y parece que ha merecido la pena.
solo le he dedicado un rato, pero ya te digo que me han gustado especialmente "Mi mariposa" y "La deuda", aunque pienso volver más tranquilamente, y me gustaría poner algunos enlaces desde mi blog.
Luis Recuenco ha dicho que…
Muchas gracias por tus amables comentarios. Por supuesto, puedes poner los enlaces que guste. Un saludo

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