Si la tarea de escribir ya es de por sí costosa, agotadora en ocasiones, imaginen si encima el libro alumbrado tras semanas de trabajo creativo fatigoso y absorbente lo firma otro. Es lo que les pasa a los ‘negros’ literarios. Escriben por encargo sobre un tema con un margen de maniobra más o menos pactado, y su producto final, el libro, se distribuye bajo la autoría de alguien que en ningún momento intervino en su elaboración, o si lo hizo fue sólo para fastidiar. Debe de ser frustrante, ¿no? “Cuánto sabría ese hombre si hubiera leído todo lo que ha escrito”, dice un chascarrillo mordaz pero lleno de certeza, o tal vez sean las palabras de alguna autoridad que desconozco. Y la cara que se le debe de quedar al verdadero autor si el libro se vende bien y los medios no paran de entrevistar –y darle de paso entidad como escritor- a quien se limitó a estampar su firma al pie del manuscrito y bajo cuya apócrifa autoría el libro es adquirido por lectores ingenuos que se creen todo lo que leen o les recomiendan algunos críticos. Así han amasado fortunas algunos escritores que no han escrito una línea en su vida, y han malvivido excelentes escritores de cuyo nombre nunca se supo. El arte, como cualquier actividad humana, no es inmune a la falsedad y la hipocresía. Pero estoy convencido de que el artista, en su afán de conocimiento y por su amplitud de miras, debe estar un peldaño por encima de la postura moral de una sociedad.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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