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La historia de amor más hermosa del mundo


Otra vez esos ruidos que vienen del poblado. Llevan dos noches sonando, desde que el sol se oculta hasta que vuelve a salir. Igual que las otras veces, siempre cada doce lunas. Acudo porque sé que para ellos es importante. Y si lo es para ellos también lo es para mí, porque mi instinto me previene contra esa especie rara y me aconseja que no me enemiste con ella, porque es cruel, mata para satisfacer sus bajas pasiones y se dejan dominar por el ansia de poder, por la envidia, por la codicia. Los últimos de mi raza, entre los que se encontraba mi padre, me previnieron contra el hombre, y yo sigo sus consejos y los dictados de mi instinto -que me dicen que, antes o después, ellos acabarán con mi existencia-. Viven en cuevas sin techo construida con árboles cortados que rodean de tristes empalizadas, y a eso llaman fortaleza, como a sus míseras chozas llaman casas. Para ellos es fundamental el sentimiento de seguridad, les gusta creerse poderosos, a salvo de cualquier peligro. Los que un día pudimos haberlo sido, conocemos la ingenuidad de sus pretensiones. Son amigos de los gritos y de los gestos  amenazantes, pero en el fondo son cobardes; sólo el miedo les impide arrasar toda la isla para darme caza y sacrificarme siguiendo algún ritual fastuoso; y luego convertirme en su dios. Por eso acudo cuando escucho esos sonidos que producen con un instrumento inventado para la ocasión. Para que me sigan teniendo miedo y no se aventuren fuera de su poblado, y así la isla continúe siendo mi minúsculo reino; un reino sin pueblo; un rey sin vasallos. Me hacen siempre la misma ofrenda, que yo acepto para no desairarles. Después, cuando no me ven, en la negrura del bosque, estrujo a la joven con la mano, la aplasto de un apretón para que tenga una muerte rápida y no sufra. Y desaparezco durante otras doce lunas.

Pero esta vez es distinto. Una canoa enorme construida con un raro material ha llegado a la isla y de sus entrañas han salido seres como los del poblado, hombres también, pero con otras pieles que los tapan más, y con un olor diferente. Algunos llevan pelos en la cara, y en vez de flechas usan armas que truenan y hieren o  matan sin tocar a la víctima. He visto cómo mataban a varios del poblado con ellas. Pero no han conseguido evitar el rapto de una de sus mujeres por los hombres del poblado, y ella será mi ofrenda esta vez. Por eso no estoy tranquilo, como las otras veces, porque no sé si estos hombres que han venido   por el mar serán más peligrosos que los de aquí, o si el rapto de esa mujer desencadenará una guerra que altere el orden natural de los acontecimientos en la isla. En cualquier caso,   tengo que acudir, hoy más que nunca, a la llamada de sus sones y de sus gritos, para que no se den cuenta de que estoy asustado. Ya diviso las luces de los fuegos que encienden por la noche; rujo y me golpeo el pecho; ellos me ven y gritan, y entonces se abre la puerta de la empalizada. Dejan fuera a la joven y vuelven a cerrar la puerta. Me acerco haciendo mucho ruido y rugiendo más fuerte; enseño mis dientes en una mueca feroz. Noto que les infundo temor, pero al mismo tiempo despierto en ellos un instinto arcano, les provoco el deseo de matarme para convertirme en su trofeo de caza y les otorgue esa supremacía que tanto estiman. Cojo a la joven con mi mano y, como las otras veces, la miro con fiereza, pero, a diferencia de las otras veces, los rugidos se mueren en mi garganta. Es la criatura más hermosa que he visto en mi larga vida.

La observo lavarse en el arroyo que hay bajo mi cueva. Ya ha intentado huir varias veces desde que la traje, aprovecha que no quiero sujetarla ni mantenerla encerrada. Desconoce sin duda los peligros que habitan esta isla. Y no para de dar gritos. Curiosamente, no me molestan, nada en ella me molesta o desagrada. Tiene el cabello claro y los ojos azules como el cielo. Sobre su piel blanca, apenas cubierta por las ropas livianas que le pusieron para el ritual, resbalan gotas de agua y le dan, a la luz del crepúsculo, una apariencia cristalina y verdosa, como una esmeralda. Siento un nudo en la garganta cada vez que la miro, y el pecho me arde. Debe tratarse del sentimiento que mi padre me describió como el más hermoso que existe, y se apenaba porque nunca lo podría yo sentir, al no quedar hembras de mi especie cuando llegamos a esta isla. Esta es una hembra humana, pero es diferente a todas las demás que he visto. Es única. Ella cree que la retengo contra su voluntad, pero no puedo dejarla marchar porque sería devorada por algún saurio u otro animal salvaje; ya he tenido que luchar con uno para salvarla, un feroz y gigantesco reptil . Le he desgarrado la cabeza con mis manos y me ha parecido ver un gesto de gratitud en los ojos de ella cuando la he mirado, exhausto tras la dura pelea. Ha sido tras su último intento de huida. Por otra parte, no me atrevo a llevarla al poblado porque no sé lo que harían con ella. Seguramente la matarían, aunque pertenezca a la tribu de los hombres que vinieron por el mar. Lo podrían considerar como un desprecio por mi parte, tal vez pensarían que yo prefiero a las mujeres que hasta ahora me han ofrecido, hembras de su tribu, y esta vez han pretendido impresionarme, regalarme algo más exótico; un regalo más distinguido. Se podrían sentir humillados por mi desprecio, y no hay que humillar al hombre, me advertía mi padre, porque se vuelve más peligroso. La sostengo con suavidad y la saco del agua, que ya debe estar fría para ella. La llevo con mi mano a la altura de mi boca y la miro. Ella forcejea y grita de nuevo. Tiene miedo. Ahueco mis labios y soplo despacio sobre su cuerpo y su pelo. El viento que sale de mi boca la va secando y noto cómo se relaja y, por primera vez, me mira a los ojos y sonríe.

Me han atrapado, no sé cómo, pero reconozco el dolor del sometimiento, de la esclavitud, y el olor pegajoso y rancio de lo que han usado para dormirme. No puedo pensar con claridad pero sé que estoy encerrado en algún artilugio extraño y gigantesco que se mueve sobre las aguas. Veo luz allá arriba y huelo la brisa marina. Voy recuperando el dominio de mi cuerpo y de mi mente. Estoy sentado, la espalda contra la pared, y pienso en ella con dolor en mi corazón, que según mi padre era donde dolía ese sentimiento. Creo que él sería feliz si supiera que su hijo ha conocido, por fin, el amor. ¡Ahora me llega su olor y también oigo su voz, junto a otras! Rujo con toda la fuerza de mis pulmones y golpeo las paredes de mi celda. Pero nadie acude. Pierdo lentamente su olor y su risa, que se alejan. ¡Si pudiera llamarla, nombrarla! Mi padre me contaba que hubo un tiempo en que hablábamos con los hombres, conversábamos en el mismo idioma, hasta que comenzamos a intuir el peligro que encerraban y decidimos callar para siempre, para que nos consideraran inferiores a ellos y no nos viesen como una amenaza a su supremacía. Aún así acabaron expulsándonos de nuestra bella tierra, Atlantis, en la que habíamos reinado durante milenios, y nos desterraron, a los pocos que sobrevivimos a la gran matanza, a la pequeña isla, para que sufriéramos la humillación del exilio; y contempláramos nuestra propia extinción. Mi padre entendía la lengua de los hombres, aunque no la hablase, como ninguno de los que fuimos expulsados, nuestro sistema de vocalización atrofiado tras siglos de silencio voluntario, nuestro rico idioma reducido a gruñidos y rugidos primarios y simiescos. Pero eso era lo que fingíamos ser, animales, sobre todo al final, cuando la furia de los hombres hacia los otros pobladores de la gran patria se acrecentó y les entró la prisa por ser los únicos, por someter y aniquilar a los demás. Yo no entiendo su lengua, pero puedo descifrar sus emociones. Ahora están alegres y sienten una intensa codicia. Y esa codicia me aleja de ella más que la mayor de las distancias.

Me han encadenado después de dormirme otra vez, y me han traído dentro de una jaula, a este sitio extraño lleno de luces y de colores. Estoy de nuevo en tierra, amarrado con hierros por patas y manos. Comienza a llegar gente, que me rodea y grita. Se encienden más luces que me hieren los ojos y me impiden ver. Alguien habla por un aparato que multiplica la potencia de su voz y la asemeja a un trueno. También oigo..., ¿será posible? ¡Música! ¡Es música! La oí cuando era muy pequeño, en Atlantis, antes del exilio, y por un momento me hace olvidar mi penosa situación. De repente, la huelo, ella está aquí. La luz se desplaza y la enfoca. ¡Es ella! ¡Hay gente rodeándola! ¡Tienen extraños aparatos que suenan y desprenden fogonazos! ¡Van a hacerle daño! Reúno todas mis fuerzas y rompo los hierros tras un supremo esfuerzo. La gente grita y corre, se atropellan y se pisan unos a otros, gritan, me temen. Yo la busco, olfateo el aire y la huelo,  me dirijo hacia donde creo que está, pero su pista se desvanece poco a poco, se difumina entre el río de gente. Corro sin detenerme por una selva extraña, sin tierra ni árboles. Todo es recto y duro, y frío. Veo una atalaya desde la que podré buscarla mejor, mi olfato y mi vista la encontrarán. Trepo, agarrándome a unos agujeros simétricos y angulosos, hasta la cúspide. Hay un mar de luces a mis pies. Siento en mi sangre el orgullo de mi especie, que un día reinó en todas las tierras. Soy el último atlante, y soy rey, hijo de reyes. Soy mejor y más fuerte que los hombres, que ahora están a mis pies. Y yo los desafío y les rujo más fuerte que nunca. ¡Quiero a mi reina! ¡devolvédmela, ladrones! ¡no acabaréis con el último rey, con el rey Kong, como me llaman los hombres del poblado! Oigo ruidos extraños cerca de mi, me vuelvo y veo luces que vuelan, y de nuevo esos ruidos como truenos que desprenden ráfagas de luz. Siento las punzadas de dolor, en el pecho y en las patas, también en la frente. Me froto con una mano y veo en ella sangre, mi sangre, y siento cómo fluye con violencia y abandona mi cuerpo. Noto que pierdo el equilibrio y, sin fuerzas, caigo vertiginosamente hasta los pies de la atalaya.

Tumbado en el suelo, sé que la vida se me escapa. Oigo los últimos latidos de mi viejo corazón. Pero mi olfato me dice que ella se acerca. Llorando, se zafa de manos que tratan de sujetarla, y se sube a la mía, que yace inerte, casi muerta. Se agarra a mi pulgar y me suplica que no me muera, que la lleve de vuelta a nuestra isla, ahora puedo entender cuanto dice. Ella, mi reina, también me ama, ahora lo sé y mi espíritu moribundo implora unos segundos más de vida. Si me quedaran fuerzas, la estrujaría con mi mano para que muriésemos juntos. La miro por última vez y, envueltas en el postrer suspiro, mi garganta, portavoz de mi dinastía silenciada tanto tiempo, pronuncia con torpeza las palabras que, desde que la vi por vez primera, han habitado dolorosamente mi corazón:

-Te-a-mo-

 

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