Troya es tomada por un caballo de madera; arde Roma mientras Nerón entona dulces cánticos y arranca arpegios a su cítara; El Vesubio petrifica para la posteridad a Pompeya y a los pompeyanos; Medina se rinde a los predicados de Mahoma, a quien los mecanos no quisieron escuchar; Alejandría, tuerta de su faro, apenas ve cómo se incendia su biblioteca; Belén añora otros tiempos en que reyes visitaban pesebres; Granada no consigue olvidar al último rey moro; Auschwitz y Treblinka se avergüenzan de seguir existiendo, pero no recuerdan el motivo; Hiroshima, por donde penetró la bala que casi asesina al mundo, es una fea cicatriz en la memoria. “Vivir es construir futuros recuerdos”, Sábato dixit. Recuerdos como llagas que laceran el presente. Pero sólo para algunos; y sólo en algunos lugares. Vivir es no conseguir olvidar; y esperar, mustio, la muerte.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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