Nunca está uno tan radicalmente solo como cuando viaja en soledad. En territorio desconocido, desaparece esa seguridad artificial que proporcionan las referencias de lo cotidiano, de lo familiar, y se es más que nunca uno mismo, sin posibilidad de máscaras ni de disfraces, desnudo y desvalido ante una realidad distinta que, como un espejo, refleja la auténtica imagen de lo que uno es. Fuera de nuestro territorio, de nuestra zona de confianza, las amenazas se multiplican y nuestras alarmas se disparan al menor indicio de peligro. Sin proponérselo, aun sin desearlo, se está más alerta, menos relajado, a merced de la desconfianza y el recelo. Vive uno, por un tiempo, entre otra gente de costumbres distintas, en otra cultura con diferentes matices que la propia, en otro mundo al que no hay tiempo para adaptarse, ni siquiera para conocer debidamente. Es el destino del viajero nómada, migratorio: rozar apenas el envoltorio de nuevos mundos sin penetrar en ellos. Forastero en todas partes, el viajero errabundo se adentra por voluntad propia en lo desconocido para llegar a conocer, en medio de una vasta soledad, algo más sobre sí mismo. Ese es el anhelo auténtico del viajero, llegar a su propio interior y sentirse allí cómodo, convertirlo en su patria. Dejar de ser un forastero para sí mismo.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
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