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El viajero

Nunca está uno tan radicalmente solo como cuando viaja en soledad.  En territorio desconocido, desaparece esa seguridad artificial que proporcionan las referencias de lo cotidiano, de lo familiar, y se es más que nunca uno mismo, sin posibilidad de máscaras ni de disfraces, desnudo y desvalido ante una realidad distinta que, como un espejo, refleja la auténtica imagen de lo que uno es. Fuera de nuestro territorio, de nuestra zona de confianza, las amenazas se multiplican y nuestras alarmas se disparan al menor indicio de peligro. Sin proponérselo, aun sin desearlo, se está más alerta, menos relajado, a merced de la desconfianza y el recelo. Vive uno, por un tiempo, entre otra gente de costumbres distintas, en otra cultura con diferentes matices que la propia, en otro mundo al que no hay tiempo para adaptarse, ni siquiera para conocer debidamente. Es el destino del viajero nómada, migratorio: rozar apenas el envoltorio de nuevos mundos sin penetrar en ellos. Forastero en todas partes, el viajero errabundo se adentra por voluntad propia en lo desconocido para llegar a conocer, en medio de una vasta soledad, algo más sobre sí mismo. Ese es el anhelo auténtico del viajero, llegar a su propio interior y sentirse allí cómodo, convertirlo en su patria. Dejar de ser un forastero para sí mismo.

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