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Innsbruck

A Innsbruck, bonita ciudad tirolesa famosa por sus nevadas montañas y sus pistas de esquí, el tórrido sol agosteño le sienta como a un santo dos pistolas. Nunca creí que pudiese hacer tanto calor en una ciudad alpina. Entre la abundante cena de la noche anterior, el tormento calórico del soleado día y los dos cafés que tomo para espabilarme –en Austria hacen un café riquísimo-, me agarro unas cagaleras que me obligan a correr cada media hora hacia el bar más cercano para aliviarme.

Entre carrera y carrera voy descubriendo la ciudad, sus estrechas calles llenas de tiendas con souvenirs, sus puestos de comida para llevar, sus restaurantes de platos típicos servidos por camareros vestidos con trajes tiroleses. Todo teñido con esa pátina de falsedad que recubre las ciudades turísticas fuera de temporada, piensa uno si se deja llevar por la primera impresión. Obligada a forzar hasta el límite sus propios tópicos para seguir atrayendo turistas y subsistir hasta el próximo invierno, a Innsbruck parece sucederle como a esas mujeres maduras que, tras divorciarse, se maquillan en exceso y visten ropas juveniles en un intento por seducir como solían, pero a las que el ansia evidente por gustar y el excesivo maquillaje les dan un aire de artificialidad que repele más que atrae. Una típica ciudad de invierno como Innsbruck, se dice uno, pierde su esencia en pleno Agosto, se le resecan los encantos y todo parece fuera de lugar (la mayoría de las tiendas ofrecen sombreros tiroleses y motivos navideños, en verano); y pese a todo, su éxito no es escaso: una multitud de visitantes siembra sus calles y plazas de ruido y color. Y es que, si uno se fija bien, cae enseguida en la cuenta de que, aunque le falte su níveo aditivo, Innsbruck seduce de todos modos, y se engalana, no para que vengan turistas, sino porque vienen turistas: se caricaturiza a sí misma por vanidoso coqueteo, no por necesidad. El hechizo de esta ciudad no necesita la temporada alta para atraer, ni  el maquillaje de la nieve para realzar su belleza. Es bella y seductora de cualquier forma.

 Decido ascender en un tren especial hacia el pico más elevado de los que se yerguen junto a la ciudad y una vez en el vagón o cabina miro con más detenimiento el recorrido que me espera: una escarpada pared que parece no tener fin. Me entran de nuevo retortijones, esta vez debido a la impresión, y me apeo en la primera parada. Como no hay ningún bar a mano tengo que esprintar hasta el de un museo que hay a casi un kilómetro. Esta vez me salvo por la campana y consigo mantener los pantalones impolutos de puro milagro. Termino la jornada agotado y con un amplio conocimientos de lo váteres de la recoleta Innsbruck. Muy limpios, eso sí.

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