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Salzburgo

Salzburgo transpira historia y transmite fantasía. La ciudad vieja, presidida por la catedral y custodiada por una elevada fortaleza, está tapizada de arte, cuajada de iglesias donde se entreveran diferentes estilos arquitectónicos, moteada por el colorido variado de sus hermosos castillos medievales. En Salzburgo, hasta Zara se engalana con atavíos bizantinos. Uno quiere perderse para siempre en las calles de esta histórica ciudad, no encontrar jamás la salida de su laberinto de calles empedradas y empinadas, eternizarse en sus rincones de misterio y sueño. Aquí parió Mozart su mejor arte y uno se convence de que en ningún otro lugar pudo haberlo hecho con tanto acierto; la ciudad tuvo, sin duda, mucho que ver en el feliz parto; hizo de sabia comadrona, contribuyendo con su vetusta sabiduría y su maternal arrobo al milagro del alumbramiento de la genialidad hecha música.

Casi sin advertirlo, uno deja en Salzburgo parte de su alma; y reanuda el viaje con melancolía, ya para siempre trastornado por el suave, doloroso roce de la belleza sin tiempo.

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