De entre todos los placeres que nos ofrece la gastronomía yo prefiero con mucho la comida. Esto puede parecer una idiotez pero lo voy a explicar. Si habéis visitado en alguna ocasión un restaurante de la llamada ‘noveau cousine’ (no sé si está bien escrito porque yo no tengo ni idea de francés) seguro que os ha sorprendido el hecho de haber tardado más en leer y tratar de entender la carta de platos que en ingerir el ridículo contenido de éstos. No voy a valorar la eventual excelencia de este tipo de cocina, porque estoy seguro que a muchos les gusta, y otros tantos dicen que les gusta para no ser menos y para evitar el riesgo de que les tachen de paletos. Los abanderados de esta corriente culinaria dirán tal vez que el minimalismo es una cualidad inherente a la misma, para justificar lo ignominioso. Yo los denomino restaurantes de vacío-vacío, porque tan vacío sale de ellos tu estómago como tu cartera. Antes, en otros tiempos, o en otros mundos, tanto da, proliferaban los establecimientos de comidas del tipo lleno-lleno, adonde era un placer acudir para deleitar el paladar, nutrir el organismo y no maltratar el bolsillo. Pero el viento de la moda cambia y no siempre trae lo mismo que se lleva. En este caso creo que hemos salido perdiendo los comensales, y que los restauradores se están poniendo morados a costa del esnobismo cretino de unos pocos que, por desgracia, marcan tendencias y arrastran consigo al bobo. Y hay mucho bobo, y muy hambriento. Y así seguirán hasta que algún lumbreras redescubra el cocido y la fabada.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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