De entre todos los placeres que nos ofrece la gastronomía yo prefiero con mucho la comida. Esto puede parecer una idiotez pero lo voy a explicar. Si habéis visitado en alguna ocasión un restaurante de la llamada ‘noveau cousine’ (no sé si está bien escrito porque yo no tengo ni idea de francés) seguro que os ha sorprendido el hecho de haber tardado más en leer y tratar de entender la carta de platos que en ingerir el ridículo contenido de éstos. No voy a valorar la eventual excelencia de este tipo de cocina, porque estoy seguro que a muchos les gusta, y otros tantos dicen que les gusta para no ser menos y para evitar el riesgo de que les tachen de paletos. Los abanderados de esta corriente culinaria dirán tal vez que el minimalismo es una cualidad inherente a la misma, para justificar lo ignominioso. Yo los denomino restaurantes de vacío-vacío, porque tan vacío sale de ellos tu estómago como tu cartera. Antes, en otros tiempos, o en otros mundos, tanto da, proliferaban los establecimientos de comidas del tipo lleno-lleno, adonde era un placer acudir para deleitar el paladar, nutrir el organismo y no maltratar el bolsillo. Pero el viento de la moda cambia y no siempre trae lo mismo que se lleva. En este caso creo que hemos salido perdiendo los comensales, y que los restauradores se están poniendo morados a costa del esnobismo cretino de unos pocos que, por desgracia, marcan tendencias y arrastran consigo al bobo. Y hay mucho bobo, y muy hambriento. Y así seguirán hasta que algún lumbreras redescubra el cocido y la fabada.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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