Las convicciones profundas sirven, si no para otra cosa, al menos como referencia cuando la mente, aturdida por el sopor del día a día, naufraga en el laberinto de cristal de sus propias ilusiones. Hay quien se aferra a una idea como un náufrago a una tabla en medio del océano. Y, por más que se acabe hundiendo con ella, no está dispuesto a admitir que se agarra a una idea equivocada. No sé quién inventó eso de ‘ser fiel a uno mismo’, pero andaba algo despistado. La fidelidad no existe, sólo la supervivencia. Y si no que les pregunten a los chaqueteros de la democracia temprana: cambiaban de colores y de discurso con la misma presteza con que acusaron para salvaguardarse al vecino inocente. Para comprender por entero el verdadero sentido de las palabras grandilocuentes con que algunos se atragantan en discursos excelsos no hay sino que haber vivido la desnuda realidad de una guerra que desmiente amistades y clarifica posturas que jamás adquirirían su relieve en tiempos de paz. De paz y de hipocresía.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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