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La marioneta


Cada vez que te vas, me asalta la incertidumbre de si te volveré a ver. No somos dueños de nadie y los lazos de afectividad que se establecen entre las personas son en realidad frágiles hilos que corren el riesgo de romperse cuando, a través de ellos, tratamos de manipular a la otra persona, de moverla a nuestro antojo como a una marioneta. Yo soy un manipulador nato, siempre he disfrutado moviendo los hilos, te sientes Dios, de hecho eres Dios. Mueves y mueves hasta que algún hilo se rompe y el juego comienza a estropearse. Contigo, por ejemplo. Se me ha roto el hilo que mueve tu brazo derecho. Ayer noche, cuando te abrazaba, ese brazo no rodeó mi cuello sino que quedó inerte, colgando junto a tu cadera como un atún recién pescado, aún vivo pero ya sin vida, un brazo zombi. Esta mañana, cuando ha sonado el despertador, me he fijado en que no lo apagabas con la mano izquierda, como sueles hacer; te has levantado y has presionado la tecla con la punta de la nariz, de tu preciosa naricilla respingona y pecosa. Eso me ha hecho sospechar que se ha roto también el hilo con que muevo tu brazo izquierdo, y mi sospecha se ha confirmado cuando te he llamado a la cama para besarte y no me has abrazado, tus brazos quedaron inertes sobre el colchón, fláccidos junto a tu cuerpo, enredados entre las sábanas, dos miembros sin vida que estorbaban tus movimientos, los entorpecían, peor aún, que no se entregaban a mí por más que yo tirase de los hilos que ya no cumplían su función, constatando con desilusión que te he empezado a perder, sufriendo la amargura de tu inminente huída de mi vida, de tu propósito de deserción, de la conciencia súbita de tu autonomía imposible de marioneta rebelde, insumisa, racional como yo mismo.

Por eso he decidido no dejarte marchar esta mañana. He cortado minuciosamente todos los hilos y te he dejado tumbada boca arriba en la cama, sin vida aparente, sin hilos que te muevan, sin mi voluntad que era la tuya aunque tú no fueras consciente, sin mi amor traicionado o próximo a serlo. Eso no ocurrirá, amor mío, me perteneces, he invertido mucho tiempo en ti para que ahora vueles por tu cuenta, sin hilos, fíjate, sin esos hilos que tanto me costó coser a tu alma para que sólo yo pudiera moverla, para que a mi sola voluntad bailase. Eres mi criatura, mi creación, mi marioneta. Eres mía y sólo mía, de nadie más. Sin hilos, mi amor, no podrás abandonarme, como sé que estabas a punto de hacer. Además, ¿qué te falta conmigo? ¿No te doy acaso todo lo que necesitas? ¿Para qué sustituir mi hilos por los de cualquier desalmado a quien crees conocer pero en realidad no conoces? ¿No has sido feliz conmigo? ¿He tejido acaso mal mis hilos? ¿No los he movido con la suficiente ternura? ¿Dónde está el fallo? Dime. Ahora da igual. Estarás conmigo para siempre, mi amor, eternamente juntos. Creo que te haré embalsamar y te colocaré en el salón, junto al piano. Tus ojos verdes harán juego con las cortinas. No habrá más hilos, ni míos ni de algún otro. Si no puedes ser mi marioneta, serás mi estatua. Las estatuas son más fieles y causan menos problemas. Además, las estatuas resultan más decorativas que las marionetas, dónde va a parar.

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