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El ascensor


El escritor se levantó pronto ese día; para variar se duchó, se afeitó y escogió un atuendo que no le sentaba del todo mal. Como remate, se roció con unas gotas de colonia Varón Dandy. Al salir de su apartamento, ubicado en la quinta planta del edificio, coincidió con el banquero y su esposa; él iba al banco y ella a casa de su hermana, madre reciente, para ayudarla con el crío, que no paraba de berrear y ponía a la madre de los nervios. Subieron los tres al ascensor y el escritor no pudo evitar lanzar una mirada encendida a la mujer del banquero, que se ruborizó porque la mirada le recordó la tarde que habían pasado juntos hacía una semana, aprovechando que el banquero debía quedarse hasta tarde en el banco para ajustar unas cuentas –literalmente-. Desde el día que, dos meses atrás, el escritor se ofreció a llevarle las bolsas de la compra tras coincidir en el portal, habían comenzado un lío de pronóstico reservado. El banquero, como todos los cornudos, especialmente si se ganan la vida en el sector bancario, no sospechaba nada. El ascensor paró en el cuarto y subió el estudiante, que había comenzado una carrera inconcreta doce años atrás y aspiraba a que el crédito del padre (el de confianza y el económico) durara al menos otros doce. Fundaba sus esperanzas en el hecho de que el padre estaba en coma desde hacía diez años y la administradora de sus bienes, su señora esposa (la madre del estudiante), le daba dinero a cambio de que no contara a nadie lo de sus amantes –de ella-, así que vivía con despreocupación y sin dar un palo al agua los días y con lujurioso desenfreno y en compañía de melosos jovencitos las noches. Dirigió una mirada encendida al banquero, que se ruborizó al recordar la tarde que pasaron la semana anterior cuando, tras excusarse con su mujer alegando que debido a unas cuentas que se negaban a ajustar debía quedarse hasta tarde en el banco, la pasó junto al estudiante en una suite de hotel. Desde aquel día de hacía tres meses en que el estudiante acudió al banco para abrir una cuenta y el director le invitó a tomar un café para darle la bienvenida como nuevo cliente habían comenzado un lío de no te menees. El ascensor paró en el tercero y subió la despampanante escort, que a saber a cuento de qué estaba despierta tan de buena mañana, algo tramará esta lagarta, pensó la mujer del banquero. Con estudiado gesto se acomodó la boa alrededor del cuello y, sin más ambages, lanzó sendas miradas encendidas al escritor, al banquero y al estudiante, que se ruborizaron a un tiempo, por lo que estos dos últimos se sorprendieron mutuamente cambiando de color y por ese motivo acentuaron la intensidad cromática, pasando de rojo tibio a granate encendido, mientras se desollaban vivos con las miradas. El escritor sorprendió la muda escena y no pudo evitar soltar una carcajada. La mujer del banquero pensó que se reía de ella y le soltó una bofetada. El escritor se la devolvió y la llamó puta. El banquero salió en defensa de su señora gritando que a ella –su señora- no la faltaba el respeto ni cristo y trató de dar un puñetazo al escritor. Este lo esquivó sin dificultad y le llamó maricón tras propinarle una patada en el tobillo. El estudiante se indignó y preguntó en tono chulesco al escritor que qué pasaba con él, homófono de los cojones, y que maricón lo sería el cornudo de su padre –del escritor-, al tiempo que le preguntaba al banquero con voz melindrosa que si estaba bien, cielo. La esposa del banquero puso ojos como platos y se le descolgó la mandíbula. Acertó a balbucear que si acaso ellos dos… Rompió a llorar como una magdalena. El estudiante le dijo en tono displicente que no se hiciera la mártir porque él estaba al tanto del lío con el escritor, así que menos llantitos, señora. Ella le dio una bofetada, el estudiante trató de contestar con un puñetazo pero se interpuso el escritor y lo recibió por ella. El impacto le rompió la nariz, pero antes de caer al suelo le arreó una patada en los testículos al estudiante, que también cayó. El ascensor llegó a la planta baja y se abrieron las puertas. La escort contempló el panorama, los tres hombres en el suelo y la mujer llorando. No supo por qué lo hizo, pero con sus uñas perfectas le arañó la cara a la señora del banquero que soltó un chillido y, privada del conocimiento, se deslizó por la pared hasta el suelo completando un grotesco mosaico de mentirosos maltrechos y doloridos. Mientras salía a la fría ciudad que no percibía aún la calidez de los tímidos y primerizos rayos del sol la escort pensó que debería mudarse de aquel inmueble porque se había convertido en una auténtica casa de putas y podía acabar espantando a sus clientes.

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