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El circo

El enano se llamaba Gasol, por un afán de tomarse con desenfado su condición, si el nombre artístico era cosa suya, o por crueldad, si no lo era, y se declaraba admirador de Einstein, ¿le va la física?, pregunté, no, respondió, los seres deformes. Alguien me aclaró que se refería a Frankenstein; su mente hacía juego son su cuerpo. Un enano lelo, pensé, curioso.


El payaso se creía en la obligación de serlo aunque no actuase, así que tuve que llamarlo al orden. Contestó a mis preguntas con cara triste y sin mover un músculo de la cara. Me aclararon que también era mimo. Alegría y tristeza a flor de piel, el alma en la cara, transparencia engañosa.


La mujer barbuda tenía el ceño fruncido y una maraña de pelos que le asomaban por el sobaco. Estuvo reticente pero cooperó. La imaginé orinando en una pileta del servicio de caballeros.


El domador de leones era un tímido enfermizo que se sobresaltaba por nada. Combatió mi mirada incrédula con un argumento sólido: los leones no comen mierda, así que nada temía. En efecto, su olor corroboraba sus palabras.


El funánbulo era flaco y cadavérico. Contestó con voz gutural y lejana, como si hablara desde la cima de una montaña; deformación profesional, supuse, siempre en las alturas...


El director fue muy amable. Por aquí, detective, y me señaló con sus brazos la entrada de su despacho. ¿Algo en claro? ¿Alguna pista, indicio, corazonada? Nada de momento. En ese caso haré que suban los enfermeros, sonrió meloso, ya es hora de volver a casita ¿no cree?, mr. Mad.


Me metieron en la ambulancia y me llevaron de vuelta al sanatorio. Otra vez.

Jodido circo. 

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