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En casa de Madison

Después de todo mentí a medias. Soy medio español, medio norteamericano, país este donde mi madre española conoció a mi padre norteamericano en un simposio de biología molecular, especialidad científica en la ambos trabajaban con reconocida competencia. Fue un flechazo que terminó como el rosario de la aurora tras cinco años de desastrosa vida familiar en Connecticut, una vida en la que pronto aparecimos casi al mismo tiempo mi hermano Maximilian y yo, imagino que precipitando la ruptura de una relación imposible entre dos personas que competían en el trabajo con la contumaz ceguera implacable que es usual por aquellas tierras y que no hace concesiones a los sentimientos.

Mi madre volvió a España con nosotros y nos procuró la nacionalidad española, tan asqueada terminó la pobre de los Estados Unidos, asociados en su mente a mi padre, que ya principiaba una enfermedad mental que tanto mi hermano como yo mismo hemos heredado. Fueron años duros para los tres porque la sociedad científica es bastante machista y mi padre, desde los mentideros universitarios y los pasillos de los laboratorios de investigación emprendió una campaña infatigable para desprestigiar a mi madre, a la que culpaba del desgarro familiar y a la que adjudicaba plagios ficticios en sus investigaciones y divulgaciones profesionales que nadie puso en duda ni tampoco se molestó en verificar. El descrédito en que cayó mi pobre madre tras el rechazo del gremio y el consecuente y pertinaz desempleo la sumió en una profunda depresión de la nunca ha conseguido recuperarse del todo y nos sumió en un infortunio económico al que mi hermano y yo pudimos sobrevivir sólo gracias a la generosidad de la naturaleza con los dones innatos que nos había concedido en forma de inteligencia, astucia y mala sangre, todo sea dicho y no sin algo de vergüenza.

De esta imprescindible digresión me sacó el timbrazo del teléfono. La chica de rasgos asiáticos se dispuso a descolgar el aparato pero la Madison pelirroja la detuvo con un “No, Jim, ya lo cojo yo”. Se llamaba Jim, la muy jodida; nombre de chico, ¿serían bolleras?, pensé, pero enseguida me concentré en la conversación telefónica que mantenía Madison -o quien quiera que fuese- con alguien al que tras varios minutos de murmullos y mucho aparato gesticular y nervios contenidos acabó por despedirse llamándole -esto lo oí con claridad- Max.

Max, Maximilian, Mad Max, ¿sería él? Debía controlar mi imaginación. El hecho de que el nombre de mi hermano apareciera en el informe del Cornucopia no debía obsesionarme. Nunca había esperado nada bueno de Max, pero debía abrir mi mente a otras posibilidades; después de todo, en el mundo existen otros Max, sobre todo en norteamérica, suponiendo que de allí fuese la llamada, algo lógico por otra parte.

Cuando colgó el teléfono y se dirigió hacia mí, la mirada de aquella Madison era muy distinta a la que había mostrado minutos antes, más fría y calculadora ahora, como sopesando alguna posibilidad, evaluando tal vez mi significancia. Perturbadora en cualquier caso.

Me excusé para marcharme con alguna otra mentira absoluta o relativa, no recuerdo bien, tal era el hechizo de sus ojos hipnóticos. Pero ella tenía otros planes. Me invitó a cenar en la casa, con Jim y con ella. Y yo acojonado y loco por salir de allí porque sentía que mis nervios empezaban a dar señales que nada bueno auguraban y de seguro acabarían por delatarme Dios sabe de qué manera desastrosa, pero no tuve la presencia de ánimo para negarme a la invitación. Hice acopio de sangre fría y acepté con una sonrisa forzada.

Jodido sistema nervioso central.

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