La miré a los ojos y vi mi derrota. Eran ojos de diosa que usurpa los destinos de gentes que deambulan, como yo, en busca de sí mismos, ojos que nunca ceden a la tregua de un parpadeo. Yo no era diferente de los demás decapitados, que jugaron con ella en busca de la fama, del oro y las lisonjas, del mísero clamor de una voz ahogada en las gargantas antes de nacer siquiera. No quise, no pude, no sé cómo lo hice, pero no aparté los míos; clavando en sus pupilas el odio del menosprecio, no, del menospreciado, porque era eso, siempre había sido eso, para mí y para los demás decapitados. Nunca antes, no importa el tiempo ni el lugar, encontré otra mirada como la suya, tal vez la dejé ir, o no me importó, o sencillamente nunca existió. Ahora no sé nada, escribo con barro sobre una tablilla esperando el final del final en una celda oscura que comparto con las ratas, invoco recuerdos que me son vedados, la locura acabaría por determinar mi suerte, ese era todo mi consuelo. Aquellos ojos perpetuos, aquel excesivon peso de sus pupilas, aquella sabiduría imposible en su inerte mirada, inagotable mirada todopoderosa. Puso el tablero entre nosotros y colocó las piezas sin desviar sus ojos de los míos, proyección magnética de intensidad desesperada. 'Las blancas abren' me recordó humillándome. El resto, incluída mi cabeza rodada, estaba todo en su mirada eterna.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
Comentarios