La miré a los ojos y vi mi derrota. Eran ojos de diosa que usurpa los destinos de gentes que deambulan, como yo, en busca de sí mismos, ojos que nunca ceden a la tregua de un parpadeo. Yo no era diferente de los demás decapitados, que jugaron con ella en busca de la fama, del oro y las lisonjas, del mísero clamor de una voz ahogada en las gargantas antes de nacer siquiera. No quise, no pude, no sé cómo lo hice, pero no aparté los míos; clavando en sus pupilas el odio del menosprecio, no, del menospreciado, porque era eso, siempre había sido eso, para mí y para los demás decapitados. Nunca antes, no importa el tiempo ni el lugar, encontré otra mirada como la suya, tal vez la dejé ir, o no me importó, o sencillamente nunca existió. Ahora no sé nada, escribo con barro sobre una tablilla esperando el final del final en una celda oscura que comparto con las ratas, invoco recuerdos que me son vedados, la locura acabaría por determinar mi suerte, ese era todo mi consuelo. Aquellos ojos perpetuos, aquel excesivon peso de sus pupilas, aquella sabiduría imposible en su inerte mirada, inagotable mirada todopoderosa. Puso el tablero entre nosotros y colocó las piezas sin desviar sus ojos de los míos, proyección magnética de intensidad desesperada. 'Las blancas abren' me recordó humillándome. El resto, incluída mi cabeza rodada, estaba todo en su mirada eterna.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
Comentarios