Entiendo bien a los suicidas. El mundo se queda pequeño para ellos y saltan. Yo he tenido esa sensación una o dos veces, sólo que no sabía hacia dónde saltar, ni desde dónde, por eso desistí, pero sigo albergando el alma de un suicida en mi interior. El día que cobre sentido el 'para qué' sabré encontrar el cómo, el cuándo y el dónde. En el fondo todo se reduce a una ecuación aritmética cuyo enunciado la policía, a fuerza de intentar resolver la solución, conoce muy bien. Pero como no tengo amigos policías no puedo obtener respuestas que den sentido al 'para qué. Hay, hubo, miembros de mi propia familia que encontraron ese sentido y espero que también respuestas; porque tengo la íntima sensación de que al final todo es cuestión de respuestas. Pero quién necesita respuestas cuando ni siquiera son posibles las preguntas. En mi último viaje, un guía local egipcio me preguntó mientras tomábamos un té qué era para mí lo más importante en la vida. Me pareció tan fuera de lugar la pregunta que contesté con el corazón: el amor. Él asintió con una sonrisa de íntima satisfacción, como dando por sentado que aquella era la única respuesta posible, la verdadera. Aquel hombre tenía respuestas y preguntas adecuadas a su medida del mundo. Yo no, pero entiendo que haya quien en ellas sustente el sentido de sus vidas. Esas personas nunca saltarán, para ellos la vida, lo que pueden esperar de la vida, lo tienen al alcance de la mano. Es simple, basta con hacerse las preguntas adecuadas, no muy complejas, para sentirse reconfortado en este mundo complejo que sin embargo puede ser sencillo y manejable. Al azar que lo zurzan. A los contratiempos que les vayan dando. Yo soy yo y manejo mis circunstancias a cara de perro. El resto es anecdótico. Y no se salta del mundo por un pormenor, ¿verdad?
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
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