Entiendo bien a los suicidas. El mundo se queda pequeño para ellos y saltan. Yo he tenido esa sensación una o dos veces, sólo que no sabía hacia dónde saltar, ni desde dónde, por eso desistí, pero sigo albergando el alma de un suicida en mi interior. El día que cobre sentido el 'para qué' sabré encontrar el cómo, el cuándo y el dónde. En el fondo todo se reduce a una ecuación aritmética cuyo enunciado la policía, a fuerza de intentar resolver la solución, conoce muy bien. Pero como no tengo amigos policías no puedo obtener respuestas que den sentido al 'para qué. Hay, hubo, miembros de mi propia familia que encontraron ese sentido y espero que también respuestas; porque tengo la íntima sensación de que al final todo es cuestión de respuestas. Pero quién necesita respuestas cuando ni siquiera son posibles las preguntas. En mi último viaje, un guía local egipcio me preguntó mientras tomábamos un té qué era para mí lo más importante en la vida. Me pareció tan fuera de lugar la pregunta que contesté con el corazón: el amor. Él asintió con una sonrisa de íntima satisfacción, como dando por sentado que aquella era la única respuesta posible, la verdadera. Aquel hombre tenía respuestas y preguntas adecuadas a su medida del mundo. Yo no, pero entiendo que haya quien en ellas sustente el sentido de sus vidas. Esas personas nunca saltarán, para ellos la vida, lo que pueden esperar de la vida, lo tienen al alcance de la mano. Es simple, basta con hacerse las preguntas adecuadas, no muy complejas, para sentirse reconfortado en este mundo complejo que sin embargo puede ser sencillo y manejable. Al azar que lo zurzan. A los contratiempos que les vayan dando. Yo soy yo y manejo mis circunstancias a cara de perro. El resto es anecdótico. Y no se salta del mundo por un pormenor, ¿verdad?
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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