Lo que tal vez me lleva a escribir con cierta asiduidad es la posibilidad de enmienda que brindan los escritos, la tachadura que borra lo que al leerlo nos parece incorrecto o improcedente o desmesurado, que es muy parecido a modificar el pasado, a reescribir la propia historia para intentar librarnos de la culpa o escapar de la nostalgia. La palabra se diluye en el aire o se deslíe en el papel, se borra con una facilidad que quisiéramos para los recuerdos, se tergiversa en última instancia con un cinismo que duele menos que el inventario de nuestros actos en el tiempo. Porque uno debe rendir cuentas, si no ante otro -u Otro- ante sí mismo, de lo que uno ha vivido y por qué lo ha vivido así y no de otro modo, de por qué hizo lo que hizo o no hizo lo que acaso debió hacer, de por qué sí o por qué no, ya que cada uno de los actos, por mínimos o triviales que pudiesen parecer en su momento, tienen trascendencia siempre y a menudo de un modo trágico, aunque eso lo percibe uno muy a trasmano y siempre sin remedio. Lo que se hace o no se hace en la vida modifica, además de la propia, otras vidas, y no saberlo de antemano no exime de la culpa, y eso lo recoge y convierte en ley la jurisprudencia en las sociedades. Y no tiene uno jamás respuesta, o de tenerla ya no sirve, esa última pregunta que uno, acorralado por el tiempo, se termina haciendo: '¿Pero qué podía haber hecho?'. Siempre hubo una alternativa, una elección, algo. O nada, que también es una opción. Y esa comezón, ese desasosiego de no saber si se hizo o no lo debido, esa obsesión por el tiempo que pasó y uno busca sin sentido recuperar conduce a escribir para aspirar de nuevo literariamente lo que literalmente se espiró. Y, por desgracia, se expiró.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
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