Lo que tal vez me lleva a escribir con cierta asiduidad es la posibilidad de enmienda que brindan los escritos, la tachadura que borra lo que al leerlo nos parece incorrecto o improcedente o desmesurado, que es muy parecido a modificar el pasado, a reescribir la propia historia para intentar librarnos de la culpa o escapar de la nostalgia. La palabra se diluye en el aire o se deslíe en el papel, se borra con una facilidad que quisiéramos para los recuerdos, se tergiversa en última instancia con un cinismo que duele menos que el inventario de nuestros actos en el tiempo. Porque uno debe rendir cuentas, si no ante otro -u Otro- ante sí mismo, de lo que uno ha vivido y por qué lo ha vivido así y no de otro modo, de por qué hizo lo que hizo o no hizo lo que acaso debió hacer, de por qué sí o por qué no, ya que cada uno de los actos, por mínimos o triviales que pudiesen parecer en su momento, tienen trascendencia siempre y a menudo de un modo trágico, aunque eso lo percibe uno muy a trasmano y siempre sin remedio. Lo que se hace o no se hace en la vida modifica, además de la propia, otras vidas, y no saberlo de antemano no exime de la culpa, y eso lo recoge y convierte en ley la jurisprudencia en las sociedades. Y no tiene uno jamás respuesta, o de tenerla ya no sirve, esa última pregunta que uno, acorralado por el tiempo, se termina haciendo: '¿Pero qué podía haber hecho?'. Siempre hubo una alternativa, una elección, algo. O nada, que también es una opción. Y esa comezón, ese desasosiego de no saber si se hizo o no lo debido, esa obsesión por el tiempo que pasó y uno busca sin sentido recuperar conduce a escribir para aspirar de nuevo literariamente lo que literalmente se espiró. Y, por desgracia, se expiró.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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