Hay una especie de obsesión con los cuerpos de las personas muertas, sobre todo cuando la muerte ha ocurrido en circunstancias violentas y el cadáver no aparece. Los familiares afirman invariablemente que no podrán descansar hasta que el cuerpo muerto de sus ser amado descanse a su vez en paz, dándole adecuada sepultura y oficiando los ritos pertinentes para garantizar su eterno descanso, aunque lo que recuperen del cadáver solo sean unos huesos cubiertos de jirones de piel muerta. El cuerpo, que tanto condiciona la vida de la persona, pierde toda entidad humana en la muerte, y por más que las religiones o supersticiones hagan creer lo contrario, no es más que despojos sin vida que en nada se diferencian de los de un gato muerto. Rendir honores a unos restos ya inhumanos es ridículo y sólo se explica por el afán de creer en una vida posterior a la que nos toca vivir aquí, aunque nunca haya habido constancia e esa otra vida de ultratumba. La esperanza frente al desencanto siempre ha sido motivo de culto, pero la fe siempre termina con la muerte, igual que todo lo demás. Aunque, por supuesto, si estoy en un error me encantará discutir en el 'más allá' sobre los motivos que llevan a los que todo lo saben a mantenernos en la más absoluta ignorancia en el 'más acá'. Sospecho que podría tratarse de una burla más cercana a la tortura que al regocijo de esos -Dios me perdone, si existe- hijos de la gran puta.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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Respuesta: Si de verdad puediera verlo y hablar con él, iría.