No sé si siempre, pero al menos en las últimas décadas se ha hablado mucho de solidaridad. La realidad a la que se refiere la palabra es variable y, por tanto, depende de lo que por ella entienda quien la emplee; es decir, que solidario es quien crea que lo es, y lo mismo pasa con vocablos como 'devoto', 'íntegro', 'leal', 'imparcial', 'magnánimo'. El contenido semántico de las palabras, muchas veces ambiguo, proporciona a quienes las usan un arma letal de la que no siempre son conscientes, un instrumento de manipulación y una coartada para sus propias conciencias. Decir es ya decir demasiado ('Toda palabra es una palabra de más', Ciorán); callar es incluso peor. Somos nuestras palabras, de ellas dependemos y a ellas nos encomendamos. Cuando, años más tarde, nos recuerdan aquello que dijimos tal vez a partir de una alegría cuyo fin trajo el remordimiento y el arrepentimiento de lo dicho, no sabemos qué cara poner; incrédulos (desmemoriados) pensamos o decimos: “Ese no soy yo”. Y será cierto, nadie es dos veces la misma persona, por eso existe el tiempo. Pero las palabras quedan, y nos ayudan a reconocernos en ese tiempo tan ajeno a la verdadera memoria que es el pasado. Solidaridad, decía, es la limosna que la sociedad opulenta entrega a la sociedad condenada para limpiar su propia conciencia, un óbolo mísero y barato para acallar remordimientos. Pero no es tan simple, porque para ser de veras solidario hay que renunciar a esa opulencia que utiliza la solidaridad como una excusa, hay que renegar de un pasado y un presente y -sobre todo- de un futuro libre de riesgos antes de sumergirse hasta el fondo en las catacumbas de la vida humana en este siglo XXI. Conozco a un par de tipos que han sido capaces de hacer eso: el doctor José María Porta y el doctor Pedro Cavadas. Benditos sean.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
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