Decía Gómez de la Serna en una greguería que 'el hielo llora de frío', y condensó en una metáfora lírica toda una teoría de las emociones. El lenguaje es un instrumento asombroso porque es un arma y un arte, un medio y un fin, una totalidad abrumadora sin la que las personas no lo seríamos del todo. Los grandes manipuladores de masas siempre han sido unos peritos en vocablos, conocedores no tanto de los entresijos de la retórica como del poder casi absoluto de la misma si se maneja sin pudor y sin contemplaciones. Demóstenes y Cicerón fueron grandes excepciones, oradores de raza que supieron jugar con genialidad el juego de las palabras para persuadir convenciendo con argumentos sin trampas. Los demagogos contemporáneos omiten por ignorancia la lógica sincera y llana de la persuasión y recurren al efectismo para conseguir los mismos fines, apelando casi siempre a un emotivismo y a una iracundia populistas que confunden o intimidan al personal y suplantan a través de la sensiblería o el miedo la contundencia de la razón. Pero también, al mismo tiempo, la palabra puede ser bella y consoladora, tierna y terapéutica, un medio de amistad y de amor. El punto 'G' de las personas suele estar en el interior del aparato auditivo y a través de las orejas se las puede conquistar sin que medie propósito espúreo y sin otro fin que la pura emoción de la belleza del instante, que es el afán último de la poesía. 'El hielo llora de frío', dijo Gómez de la Serna, y consiguió enternecer sin recurrir a un discurso revenido a quienes sabemos que el frío de las lágrimas es el más helador de todos. La palabra por la palabra, sin otro propósito que su significado desnudo, es la más altruista, la más bella de las acciones, porque es dejar adrede sin munición el arma más peligrosa de que disponemos para convertirla, ya despojada de su perversidad, en pañuelo para secar nuestras lágrimas frías, en un medio de misericordia tan necesitado por tantos, en un último consuelo.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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