Mañana -dentro de un rato porque no puedo dormir- viajaré a Roma. Me equivoco al pensar que voy a un sitio conocido, seguro, muy distinto de esos desiertos enclavados en culturas potencialmente hostiles, porque no hay situación más potencialmente hostil que la que genera un presidente de gobierno que no quita ojo del culo de una integrante del equipo diplomático de un país amigo en una reunión de mayor o menor importancia. Berlusconi es un enfermo que gobierna a golpe de instinto sexual -se dice que no es raro verle hacer lo que le sale de los cojones-. Tal vez haya más casos de gobernantes rijosos, pero como se toman la molestia de disimular no se les nota. ¿Y qué? Una exacerbada libido es perjudicial para un buen gobierno tanto como una velocidad elevada influye en la calidad del tocino. De acuerdo que un personaje público en el puesto de Berlusconi debería dar cierto ejemplo moral, pero el mismo argumento aplicado a otros personajes públicos no parace surtir efecto; verbigracia, Maradona. Quiero decir que evitando los extremos un político debe hacer buena política y un futbolista buen fútbol. Y la moral para los domingos. Todos deseamos, sobre todo en estos tiempos turbios en los que todos -especialmente los referentes políticos- perdemos los papeles, una imágen intachable a la que aferrarnos, un héroe de nuestro tiempo. Y, precisamente por el excepticismo que conlleva la miseria inabordable por la clase política, nos resignamos no ya a la ausencia de ese héroe, sino al engaño que desde pequeños nos ha alentado a creer en su existencia oportuna, salvadora, redentora. La crudeza de los hechos no es incompatible con la existencia de un (os) héroe (es) redentor (es); pero nuestro nivel de pesimismo sí que lo es. Para que una ilusión se haga realidad es condición indispensable desearla con un fervor algo más que regular, y los ánimos en este país no están por la labor de pensar en Peter Pan. Un gran error, en mi opinión, porque aunque Peter Pan no trajera consigo una panacea para nuestra situación, al menos traería a Campanilla. Y eso significaría empezar con muy buen pie cualquiera que sea el camino que decidamos recorrer.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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