Hoy ha sido un mal día. He madrugado,
he tomado un desayuno indigesto, he resuelto con mucho esfuerzo
asuntos mañaneros sin duda concebidos para amargarme el día; he
tomado un almuerzo suculento que me ha sentado como un tiro; la
siesta, como siempre, ha sido un infierno; y solo una tarde de
agradable esfuerzo personal sin sentido práctico -no entraré en
detalles- me ha deparado la ilusión de una velada nocturna en la que
una cena compartida con una chica joven y bella que quiso para los
postres reservarme una sorpresa 'íntima' en un recóndito lugar
donde, si accedía a acompañarla, me desvelaría los arcanos
secretos del éxtasis sexual, consiguió animarme. Pero a los postres
estaba reventado y con la libido en las antípodas gracias a un plato
innovador a base de seso de cangrejo y criadillas de búfalo que me
desinfló la moral. Mi bella acompañante se fue diluyendo ante mis
narices por los efectos de un vino cosecha del 54 que me transportó
a una época sin duda excitante pero de costumbres incómodas de
mantener en un restaurante postmodernista situado en el culo del
mudo. La acompañé anhelando una promesa erótica que me
arreglara el día. El apartamento de diseño me mareó. El chulo de
la simpática chica hizo el resto. Estoy muerto y además jodido. Hoy
ha sido un mal día.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
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