Bvalltu me recrimina la comida que he
tenido con mis amigos. Paco Acedo, Manolo Bernal, Juli Recuenco,
Fernando Bernal y un servidor. Es una comida en plan tertulia donde
comentamos diversas nimiedades y contamos chistes malos. La comida es
una excusa, lo que importa es la reunión de amigos, de viejos amigos
que se han querido a lo largo del tiempo y cualquier excusa les vale
para reunirse de nuevo. Juli, Fernando y Paco quedan para recorrer
quince quilómetros sabe Dios con qué propósito. No cuentan
conmigo, intuyo que por envidia, ¿y si yo hiciera el mismo recorrido
en la mitad de tiempo? ¿Y si , en el mismo tiempo, recorriera el
doble? Bromeo, claro, no es una competición sino un pasatiempo
deportivo. Luego, la comida. El ambiente algo soso, ¿por qué? Los
chistes, diría, pero también algo más. La próxima será mejor,
Bvalltu, no me regañes.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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