Ir al contenido principal

Los zapatos nuevos II



                                                                           II

Nuestro hombre (no sería apropiado referirse a él como héroe, 'nuestro héroe', porque el conjunto de valores morales que atesora, su capacidad de raciocinio e intencionalidad vital lo capacitan más, mucho más, para ser un antihéroe que un héroe, pero ¿acaso existirían los héroes si no hubiera antihéroes? Son las dos caras de una misma moneda, y la existencia de unos presupone la de los otros y en su enfrentamiento se desata la tensión necesaria para dar vida al relato (basado en hechos reales o ficticios, lo mismo da). Caín y Abel, David y Goliath, Héctor y Aquiles, Sherlock Holmes y Moriarty, Belén Esteban y Campanario, etc.), nuestro hombre, decía, salió de aquella tienda con los zapatos nuevos que le quedaban como un guante cuando un guante queda bien. La melancolía, las preocupaciones, el miedo habían desaparecido y en su rostro brillaba una sonrisa de alivio y satisfacción tan inmaculada que sólo quienes han sufrido tormentos espantosos serían capaces de reconocer. Era la sonrisa de un hombre que había salido intacto de una sala de torturas sin haberse ido de la lengua, la de un científico que tras largos años de pelea en solitario contra toda la comunidad científica acaba por imponer su hasta entonces disparatada si no impía teoría que revolucionará su campo de competencia y obligará a toda una comunidad de sabios a reconocer su error de base y acatar las nuevas leyes impuestas con evidencias innegociables por el científico satisfecho, la de quien le ha vendido su alma al diablo y ha salido ganando en la transacción.

Salió de aquella insólita tienda y le deslumbró la luz de un sol limpia y agradable. Caminó hacia un parque cercano solo para comprobar que los zapatos parecían una extensión de sí mismo. Agarraban tanto sobre el asfalto como en la hierba y no se manchaban, incluso tras atravesar una zona de hierba alta y húmeda que hubiese puesto perdidos cualquier otros zapatos. Decidió que pasaría el día caminando para ver si encontraba algún defecto en ellos, aunque sospechaba que no sería así. A los dos minutos de caminata se paró bruscamente. Quiso continuar pero no lo consiguió. Aquellos zapatos tenían vida propia.

Este hecho confundió a nuestro hombre, que se encontraba como anclado a la tierra y por más que forcejeaba para dar un paso lo único que consiguió fue perder el equilibrio y acabar sentado en el suelo. Estaba claro que los zapatos tenían voluntad propia. Decidió doblegarse a esta y ver adónde le dirigían. Se levantó y se estuvo quieto, sin tratar de caminar en ninguna dirección. Entonces los zapatos comenzaron a andar. Dieron la vuelta y tomaron la calle que rodeaba el parque, caminaban hacia el sur a un paso que nuestro hombre podía seguir con facilidad. Se internaron en la callejuelas de centro y giraron para tomar un callejón sin salida en el que solo había dos edificios de vecinos, una a cada lado del del callejón. Nuestro hombre comenzó a sudar, preocupado, y cuando los zapatos se detuvieron frente al antiguo edificio en el que vivía con su mujer, se puso muy nervioso.

-¿Vamos a mi piso? -preguntó estúpidamente. Aquellos zapatos no hablaba.

Entraron a un amplio vestíbulo decorado a la manera que se hacía veinte años atrás. Pero no era solo aquel estilo decorativo lo que delataba la vejez del inmueble, también el polvo acumulado en el suelo y las manchas de humedad en paredes y techo. Subieron a un ascensor también sucio que inició la subida a la tercera planta haciendo un ruido chirriante poco tranquilizador. Los zapatos se dirigieron a la puerta de su piso, que compartía con su mujer, Blanca.

Había conocido a Blanca hacía dieciséis años, en una fiesta que el dueño de la editorial en la que trabajaba como corrector daba en su casa para empleados y amigos. Solo unos pocos empleados, y nuestro hombre se sintió halagado cuando vio su nombre en la tarjeta de invitación que le hizo llegar el jefe. Él, un simple corrector, invitado a una de las fastuosas fiestas del jefe supremo. Ya en la mansión, aceptó un combinado y trató de pasar desapercibido, pero la responsable de márketing lo descubrió y, pasando su brazo por el codo del corrector, lo condujo al epicentro del jolgorio. El señor Mansel, propietario de la editorial lo llamó al reconocerlo.

-Mi querido Ramos, me alegro que haya aceptado la invitación. Ya sé que no es usted amigo de la farándula, pero quería tener hoy conmigo a mis mejores empleados.

-No sabe cuánto se lo agradezco, señor Mansel, pero invitar a un simple corrector...

-Vamos, amigo Ramos, usted es mi mejor corrector. Si sigue así tendré que ascenderlo pronto. Usted vale mucho, créame.

Ramos, nuestro personaje, héroe o antihéroe, no podía quitar la vista de encima a la joven rubia de sonrisa amable que se hallaba junto al editor.

-Oh, disculpe mi descortesía -dijo de repente el señor Mansel-, le presento a mi hija Blanca. Algún día heredará la editorial.

Ramos le tomó la mano a Blanca y se la besó.

-A sus pies, señorita -dijo con mucha afectación.

-Caramba, Ramos, está usted hecho un romántico -rió Mansel.

Blanca sonrió y lo miró a los ojos con un rubor en su rostro. Su mirada era sincera y franca. Ramos deseó casarse algún día con una mujer como aquella.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El ocio de Bvalltu

Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-.    Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...

Apuesta

Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...

Si un hombre...

Si un hombre de traje muy caro y sentado en la cornisa de la azotea de un rascacielos lee aparentemente tranquilo un libro titulado “10 razones para no saltar”, no es aventurado suponer cuál puede ser su estado de ánimo, y aún su previsible intención de futuro. Si un hombre vestido con un traje de marca que sube en el ascensor de un gran edificio observa con mirada fija e imperturbable la bajada de pasajeros de viaje piso tras piso mientra él espera hasta la azotea para apearse, es razonable que uno sienta curiosidad. Si un hombre sale por la puerta de una entidad financiera con su exquisito traje hecho a medida mientras sostiene con su mano derecha una cartera de piel extrañamente abierta hasta quedar desdoblada dejando caer al suelo su contenido de informes, expedientes, papeles de diversa importancia y hasta su móvil (¡su móvil!) mientras sostiene con fuerza en su mano izquierda un libro y en su mirada se lee una decisión sin retorno, no es de extrañar que lo miren ...