Debo esperar el alba, lo
mismo que un profeta, para anunciar la buena nueva de un nuevo día,
para saltar alegre junto a los juncos y junto al río. Debo cantar a
los rayos del sol, a la esperanza, al cielo anaranjado y a las hojas
recién tintadas de los álamos, con un tinte nuevo y copioso que el
cielo regala cada día a quienes quieren verlo como un regalo. Debo
esperar al ocaso que el mismo cielo oscurece con un velo los bellos
tientes con que pintó el día. Y es en el ocaso y muerto de miedo
cuando los cielos anaranjados y la esperanza fría enturbian la
alegría que dura un día, un día no distinto a otro cualquiera.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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