En París hace un frío
que te cagas. El cielo el macizo y gris y no da cuartel, no invita a
salir. Esta mañana le he echado huevos y he salido a pasear. A la
media hora tuve que refugiarme en un pequeño local donde servían
comidas y vinos. Pedí un tinto para entrar en calor y algo no muy
abundante de comida, así se lo especifiqué a la chica de la barra.
Me señaló unos salchichones colgados como propuesta. Dije: “Hombre,
salchichones”. Ella repitió: “sarsisones”. Sí algo así, son
típicos de mi tierra, dije. Ponme una tapita, por favor. Al rato me
plantó en la barra una fuente de rodajas de salchichón. Me la comí
enterita porque estaban buenísimas. La chica me invitó después aun
fromage de goat, que era queso de cabra. Estaba para chuparse los
dedos. Pedí más queso y el nombre del mismo. Me lo apuntó en un
papel. Es un Dominique Latroix, rue Lille 23, 3º-A. A lo mejor
mañana voy a probarlo de nuevo. A mí es que todo lo que huele a
añejo me tira.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
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