Ayer mi vida se vio
sacudida por un seísmo de proporciones apocalípticas. Ya no podrá
volver a ser la misma por más que yo lo pretenda. Como nunca me
había ocurrido algo semejante estoy falto de referencias para
expresar con claridad el suceso extremo que me perturbó ya para
siempre. Fue algo brutal y dulce al mismo tiempo, un alud de nieve y
un incendio furioso, una colisión astral en el jardín de mi casa.
Acontecimientos así te marcan para siempre, alteran tus códigos,
prioridades, preferencias y te abandonan, empapado del sudor del
miedo, en medio de un campo en barbecho, tu vida en barbecho, tu vida
hasta entonces predecible como las estaciones y apacible como un
trigal dejándose mecer por el viento. Ayer pude oír una frase
(“¿Papá, vamos esta tarde al cine?”) que volvió mi mundo del
revés. Una frase dicha por una niña de seis años en cuyos ojos
negros vi reflejada la cara de mi muerte. Los ojos de mi hija, la que
no tuvo la menor oportunidad de nacer y en cuya alma inexistente
pensaré hasta la locura los días que me sean concedidos. Eso fue
ayer, cuando aún vivía entre vosotros.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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