En una entrevista a
Joaquín Sabina le oí afirmar que no defiende el toreo porque es
indefendible, pero que a él le encanta. No puedo estar más de
acuerdo con una opinión tan políticamente incorrecta. Los toros, el
toreo como espectáculo, el ir cansando a base de engaños a una
criatura para luego darle muerte y que esa representación de la
muerte inevitable sea también un motivo de esparcimiento y gozo para
gentes que no necesariamente entienden los entresijos de esa faena me
parece algo primitivo. Y por eso mismo, por su visceral primitivismo,
puede ser a la vez un arte y una atrocidad. El hecho de que haya
prevalecido lo primero ante lo segundo forma parte de la historia
medular de esta nación que lleva la fiesta del toreo en sus genes.
Con excepción de alguna comunidad autónoma cuyos gobernantes buscan
la singularidad apelando a la negación como sistema, manque se jodan
los ciudadanos. Sin entrar en pormenores yo destacaría -por destacar algo- de la fiesta
la tal vez justa -y singular- fama de los toreros de éxito con
retribuciones millonarias y una gloria que reciben en loor de
multitudes. Como si fueran, por ejemplo, futbolistas de primer nivel.
Y como estos se lanzan a escribir sus memorias a una edad más bien
temprana, para no dar cuartelillo al duende del olvido, digo yo. Y
ahora vienen las preguntas que a uno le atosigan cada vez que se pone
en plan metafísico. ¿Es necesario siendo un joven exitoso y
supuestamente feliz contar los pormenores de tu corta vida a todo el
que se tome la molestia de leerlos? ¿Son acaso esos pormenores un
modelo a copiar para conseguir tal éxito, o tal vez solo un aderezo?
¿Qué puede explicar un veinteañero, por mucha fama que la avale, a
un octogenario que sobrevivió a una guerra a cara de perro con sus
propios vecinos? La última pregunta, que va sin retraca: ¿Saben de
verdad escribir sin faltas de ortografía esos jovenzuelos?
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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