Hace dos días regresé de
mi último viaje. Estoy cansado, ha sido una paliza. Como no soy un
viajero al uso me meto en líos. No voy a restaurantes de postín ni
visito zoos o atracciones, simplemente paseo de sol a sol por calles
que a veces se vuelven siniestras, aunque jamás me siento amenazado,
tal vez porque cuando me sumerjo en una cultura desconocida no sé
qué debo temer, o tal vez porque mi ignorancia me vuelve temerario;
tanto da. Me gusta perderme en medio de las multitudes porque es
cuando más disfruto de la soledad. Me relaciono lo imprescindible
para no creerme muerto, pero nunca voy más allá de la mera
cortesía. Encuentro rincones hermosos que no salen en las guías y
me siento a desvariar con los recuerdos de lecturas muy tempranas que
ya me auguraban que conocería esos sitios. Disfruto y vivo, a veces
lloro, la hermosura del conocimiento inesperado siempre me ha tocado
la fibra. Al final vuelvo a casa con el alma más henchida,
sabiéndome más comprensivo y menos tonto. Y tras unos días vuelvo
a planear otro viaje dentro del viaje que es mi vida, que es también
cualquier vida. Del último no voy a regresar, por eso cuento lo que
siento mientras puedo.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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