A veces, tal vez demasiadas, cuando me
encuentro en una encrucijada de caminos, me encasquillo, cojo
perlilla y no sé hacia dónde tirar. Me suele pasar más cuando uno
de los caminos tiene que ver con mi salud, cosas de ser
hipocondríaco. Me ofusco de tal manera que lo veo todo negro o rojo
-tanto da- y no hay luz al final del túnel ni voz meliflua que me
anime a ir hacia ella -hacia la luz-. En esas ocasiones me siento tan
ínfimo y tan pusilánime que llego a despreciarme como humano y
también como ser viviente porque ni al débil instinto que aún me
queda atiendo. Me limito, lo confieso, a sentarme enroscado sobre mí
mismo, con la cabeza entre las piernas y las manos tapandome los
oídos, esperando el vano milagro de que todo se solucione por arte
de magia y yo salga bien parado del atolladero que de seguro he
provocado yo mismo. Como la situación de espera milagrosa no puede
durar, a menudo soy presa de la ansiedad y la angustia, que combato
con ansiolíticos y angustiolíticos de fácil acceso: alcohol,
valiums, y poco más. A veces surten efecto, a veces no, y siempre
que la ingesta haya sido moderada las consecuencias, al día
siguiente, apenas se notan. Pero cuando a uno se le va la mano... En
fin, como corolario extraería la máxima de que siempre que se pueda
no se enrosque uno tapándose las orejas para no escuchar lo
inevitable, porque lo inevitable es lo que nos sucede habitualmente.
O sea, la vida.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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