A veces, tal vez demasiadas, cuando me
encuentro en una encrucijada de caminos, me encasquillo, cojo
perlilla y no sé hacia dónde tirar. Me suele pasar más cuando uno
de los caminos tiene que ver con mi salud, cosas de ser
hipocondríaco. Me ofusco de tal manera que lo veo todo negro o rojo
-tanto da- y no hay luz al final del túnel ni voz meliflua que me
anime a ir hacia ella -hacia la luz-. En esas ocasiones me siento tan
ínfimo y tan pusilánime que llego a despreciarme como humano y
también como ser viviente porque ni al débil instinto que aún me
queda atiendo. Me limito, lo confieso, a sentarme enroscado sobre mí
mismo, con la cabeza entre las piernas y las manos tapandome los
oídos, esperando el vano milagro de que todo se solucione por arte
de magia y yo salga bien parado del atolladero que de seguro he
provocado yo mismo. Como la situación de espera milagrosa no puede
durar, a menudo soy presa de la ansiedad y la angustia, que combato
con ansiolíticos y angustiolíticos de fácil acceso: alcohol,
valiums, y poco más. A veces surten efecto, a veces no, y siempre
que la ingesta haya sido moderada las consecuencias, al día
siguiente, apenas se notan. Pero cuando a uno se le va la mano... En
fin, como corolario extraería la máxima de que siempre que se pueda
no se enrosque uno tapándose las orejas para no escuchar lo
inevitable, porque lo inevitable es lo que nos sucede habitualmente.
O sea, la vida.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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