Cuando los padres de Miguelito llevaron
a su hijo al psicólogo a causa de unos problemas de adaptación en
el colegio se quedaron sorprendidos del diagnóstico: Miguelito era
un superdotado para casi todas las disciplinas académicas pero un
completo gilipollas para la vida. El psicólogo les aconsejó que no
se preocuparan porque esto era algo relativamente frecuente y además
se podía intentar solucionar con una terapia adecuada. El niño era
un fuera de serie en lo abstracto y un completo negado en lo
práctico. Así que se estableció un programa terapéutico que debía
dar los frutos deseados en un año a más tardar. Ya desde las
primeras sesiones el terapeuta advirtió que los resultados iban a
depender en buena medida de la inversión de la gilipollez de
Miguelito, que parecía tener más calado psíquico que las
habilidades por las que destacaba su mente. A pesar de los diferentes
métodos usados por el especialista para frenar lo indeseable y
potenciar lo más valioso en la mente del niño, ninguno de ellos
parecía conseguir el impulso terapéutico perseguido hasta el punto
de que se estaba invirtiendo el proceso de forma que el área
intelectual de Miguelito parecía ir mermando con cada sesión y por
el contrario el aspecto práctico debía ser indispensable para una
sana madurez se iba atrofiando en igual medida. En resumen, que el
niño era cada vez más gilipollas y además estaba perdiendo sus
super dotes. El médico se creyó en la obligación de poner a sus
padres al corriente de tan anómalos resultados. Los padres no eran
lo que se dice unos lumbreras y les traía un poco al pairo que sus
hijo fuera un hacha en mates o en química cuántica, pero sí veían
con cierto orgullo esa simpleza que ellos creían heredada y que
mantenía al chico dentro de los cauces de la normalidad familiar.
Así que decidieron que lo habían intentado pero, no sin cierto
regocijo, se daban por satisfechos con los resultados. Tenían, como
siempre habían deseado -aunque ellos no lo hubieran expresado así-,
un hijo tarugo que por fortuna había perdido esos incómodos rasgos
del intelecto que harían avergonzar a cualquier padre que se precie.
Así que todos gilipollas, todos contentos. Y el psicólogo pasmado.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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