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Miedo a volar

Al subir al avión tuve un presentimiento. Como no soy supersticioso me dije que era más bien un efecto secundario del ansiolítico que había ingerido minutos antes y un poco a hurtadillas porque me da vergüenza reconocer que tengo miedo a volar. Tras comprobar que mi único acompañante en la sala vip era un señor invidente, saqué del bolsillo de la chaqueta el frasco con las píldoras que un amigo psiquiatra me había recetado y engullí dos –el doble de la dosis estipulada, pero por si acaso- con un trago de whisky. El ciego seguía con la mirada perdida –es un decir- y no se percató de la maniobra. A los cincuenta minutos de vuelo, más o menos, empezaron las turbulencias. Las azafatas se apresuraron a calmar nuestro nerviosismo con las frases de tranquilidad que les habían enseñado cuando estudiaban para azafatas. Cuando la cosa empeoró se escuchó la voz del comandante infundiendo ánimos con el argumento absurdo de que la situación estaba controlada. Los bamboleos trepidantes del avión...

Preguntar

Me hizo gracia -ya que por naturaleza soy incrédulo- una conversación leída en alguna parte o quizá escuchada en alguna película, no recuerdo bien. Alguien -ingenuo, desinformado o idiota- preguntaba "¿y quién es Dios?"; su interlocutor, tras reflexionar con gesto sesudo un instante le preguntó al desinformado: "¿alguna vez has deseado fervientemente algo y has suplicado para tus adentros que por favor sucediese ese algo?", "si", respondió el ingenuo; "pues el que te ignoraba era Dios". Conversación ilustrativa sobre la impertinencia de hacer preguntas incontestables que sólo arrojan información sobre la calidad intelectual o la pobreza informativa del que formula la pregunta.

El mar

El mar embravecido aúlla bajo mi casa con un lamento desgarrado, tal vez consecuencia de las miles de heridas que, en forma de desperdicios y sustancias tóxicas, de continuo le infligimos. Es el mismo mar que surcaron navíos fenicios, griegos, cartagineses, y romanos hace muchos siglos; y el mismo por el que han navegado flotas británicas, francesas, españolas, portuguesas no hace tanto; y que hoy aguanta el tránsito indiscriminado y amenazante de petroleros y buques mercantes que transportan inquietantes mercancías. Es el mar eterno de Ulises, el mismo mar que una vez gobernara con sabiduría Neptuno, hoy objeto continuado de lesa majestad por quienes tanto llorarán este imperio acuático el día que ya para nada sirvan sus lágrimas. El emigrante suele añorar la tierra bienamada que abandonó; el ser humano, que de los mares procede, nada añora de ellos, ningún respeto les guarda. Sólo el poeta observa impotente desde los acantilados el inexorable declinar de la fuente de la vida y de l...

El sol

Estos vientos y estas lluvias, melancolías inhóspitas, secuestran mientras duran mi memoria, que no logra recrear tu rostro. Sólo el sol abarcador me inspira pensamientos de dudoso amor y espero. Otro tiempo y otro clima conseguirá unir nuestras tristezas, para entonces tal vez ya dichosas.

Un ligue

L os alienígenas somos por definición embusteros. Esto es una verdad galáctica que atañe a todos los seres intelectivamente operativos de cualquier planeta. Es también una gran falacia retórica, puesto que, bien pensado, todos somos alienígenas, vivamos o no -aquí reside la trampa- en nuestro planeta original, aquel que nos vio nacer -¿qué pasa con los que, como yo, nacimos en el espacio?- o en otro que el destino nos ha deparado. Digo que somos embusteros e inevitablemente lo aplico a una señorita con la cual mantuve, en un momento de delirio justificado, planes de futuro que duraron lo que yo tardé en culminar el acto amoroso -que no fue mucho, para ser un extraterrestre-; pero no entraba en mis planes compartir ni un ápice de mi vida con la dama, sino deshacerme de ella tras los avatares amorosos -no soy muy diferente a los demás tíos de este planeta, creo- que la penuria espacial del local nos permitió culminar a duras penas. Como, tras reflexionar sobre mis argumentos,  en un prin...

La verdad

Soy un insensible. Ayer una chica me dijo que mi cara era inubicable, que no acertaba a insertarla en ninguna nacionalidad -sea o no estatal- conocida. ¿Era italiano, argentino tal vez, griego? Mi respuesta la descolocó, como supuse cuando me dio la bofetada. Y es que ser y reconocerse alinígena descoloca, lo sé, pero qué le vamos a hacer. Cuando abandonó ofendida el local sin dignarse a volver la cara hacia mí para una última mirada supe que no siempre es una buena opción decir la estricta verdad.

té verde

Lo ventajoso de ser idiota es que además eres feliz. Puede que sea un mecanismo de autodefensa que se lleva en los genes para preservar la especie, que precisa de los tontos para sobrevivir, porque los listos han demostrado sobradamente su competencia para poner al homo sapiens en peligro e incluso al borde de la extinción. El idiota suele ser también pacífico, salvo que lo integren en una horda exaltada, que es la cualidad natural de las hordas -la exaltación y la furia- y eso, por desgracia, ocurre con frecuencia. Y digo ‘lo integren’ porque en la naturaleza del memo no tiene cabida el discernimiento necesario para elegir una postura en la vida, aunque sea violenta. En mi planeta no se da esta situación, porque -dice mi madre- todos sus habitantes son programados al poco de nacer para que no disciernan en absoluto,lo que bien pensado no es mala idea; pierdes algo de albedrío, pero consigues seguridad en la vida -y sumisión bien apreciada-. Llueve de nuevo en mi tierra, que tiene al ...