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El ciego del perro

Iba a escribir una historia acerca de un ciego que pasea con su perro lazarillo por una playa solitaria cuando de repente me ha asaltado la duda de si no sería mejor que paseara por una calle concurrida de una ajetreada ciudad, porque en una ciudad hay en principio más peligros para un ciego que en una playa. Pero luego he pensado que precisamente debido a la tranquilidad de la playa, que implica la ausencia de gente que pueda importunar el trabajo de, digamos un asesino, debido a esa ausencia de testigos, digo, pues una playa puede convertirse en el escenario idóneo para un crimen. Un momento, he pensado enseguida, ¿por qué tiene que haber peligros o un crimen en el relato? Yo sólo quiero escribir una historia breve y sencilla sobre un ciego que pasea tranquilamente con su perro lazarillo ya decidiré dónde, pero no había ningún asesinato previsto, ¿qué ha pasado aquí? ¿Tenía ya inconscientemente preconcebido el asesinato como parte del relato? ¿Se ha incorporado sobre la marcha ese ...

Lichtenberg

L ichtenberg se deleitaba con la hermenéutica de la hipocondría –son palabras suyas-. Su mundo era un mundo de dolencias y dolores, reales o ficticios, que junto a su cuerpo contrahecho, enriquecían de un modo paradójico la promiscuidad de su pensamiento. Gozaba contemplando lo raro, lo ajeno, lo extraño, lo inusual; por eso tenía su casa revestida con espejos. Era un pensador genial condicionado por un cuerpo y una mala salud de los que supo burlarse antes que de ninguna otra cosa, por eso no conoció el rencor ni la amargura ni le alteró la reacción de algunos ante sus invectivas; y por eso también supo atesorar una ironía en su vida y en sus escritos que era una fuente inagotable de buen humor y de sutil agudeza. Emitió opiniones y fabricó aforismos. Expongo algunos.   “Ningún invento le ha resultado tan fácil al hombre como el de un Cielo.” “Dios creó al hombre a su imagen, eso significa, probablemente, que el hombre creó a Dios a la suya.” “En el sistema de la zoología, d...

La eternidad fugaz

A veces experimento una necesidad urgente de correr detrás del tiempo, de adelantarlo para encontrarme lo antes posible conmigo mismo, o con partes de mí mismo que sólo se manifestarán en el futuro. Pienso que nacemos para ir encontrándonos a lo largo de nuestras vidas; unos, los menos, lo consiguen y entonces dicen que se sienten realizados, que han encontrado el sentido de sus vidas; otros, en cambio, deambulamos por el mundo como Sherlock Holmes por sus historias, siempre buscando pistas que nos aproximen a una solución, a una justificación, a una excusa; unos pocos acabamos por comprender que no hay soluciones para nosotros y que buscarlas sin éxito es el sentido de nuestra existencia. Buscar aun sabiendo que no hay nada que encontrar es mejor que no buscar por el mismo motivo. Quienes optan por la inacción ante la ausencia de recompensa no sólo no se mueven por mor de una concepción utilitarista de la vida, sino que no se mueven en absoluto: están varados, apagados, muertos; por...

Encuestas truculentas

A menudo se dan situaciones absurdas que, si se fuerzan lo suficiente, acaban por cobrar sentido, un sentido falso en sí mismo, pero verdadero para las personas involucradas en este tipo de circunstancias. Un ejemplo extremo sería el del cuento del rey al que un modisto avispado vendió un traje invisible, y con él puesto paseó, luciéndolo, ante su pueblo. Fue necesario que un niño –los niños siempre son más difíciles de engañar, en contra de lo que se cree- voceara que el rey iba desnudo para que se rompiera la baraja y todo el mundo, incluido el rey –y para su escarnio-, abandonara aquel juego absurdo de creer en trajes invisibles. Otro ejemplo podría ser el del borracho que ha perdido las llaves y las busca a la luz de una farola; se acerca un transeúnte y le pregunta si le puede ayudar, a lo que el borrachín responde que desde luego. Cuando, tras un buen rato de búsqueda infructuosa el buen samaritano le pregunta si está seguro de haber perdido las llaves precisamente allí, el bor...

Políticos, putas y toreros

Decía el poeta Robert Frost que ‘el cerebro es un órgano maravilloso; empieza a trabajar en el momento en que te despiertas y no deja de hacerlo hasta que llegas a la oficina’. Esto es especialmente cierto entre los funcionarios, sea cual sea su rango jerárquico, que casi invariablemente estará por encima de sus capacidades reales. La proverbial incompetencia de los funcionarios españoles (con los políticos a la cabeza), se ha vuelto a manifestar impúdicamente durante los últimos meses, cuando ya inmersos en una crisis sin precedentes –que en febrero dejó sin trabajo a más de 600.000 estadounidenses, situando su tasa de paro en un histórico 8.1%, dato revelador de la verdadera magnitud de esta crisis- se entretenían dilucidando el contenido semántico de la palabra ‘crisis’ mientras en otros países se tomaban medidas drásticas para atravesar el desierto económico sin morir en el intento. Y es que ahora menos que nunca y por más que nos joda podemos negar que ‘Spain is different’. Su...

Historia del anciano

M e encontraba bebiendo una jarra de vino en aquella taberna maloliente que había en un cruce de caminos en mitad de aquellos páramos lúgubres y desabrigados cuando apareció el viejo de las mil vidas. Se sentó junto a mí y, con su habitual porte altivo realzado por la tupida barba blanca y las pobladas cejas, fijó la mirada en algún punto más allá de este mundo y me pidió que lo convidara a una jarra de leche de cabra. A cambio, me contó la siguiente historia. “En un poblado remoto del cáucaso una campesina débil y enfermiza dio a luz a dos gemelos. Ella murió a los pocos días y su marido tuvo que partir con los demás hacia las tierras donde comenzaba la temporada de la siega. Dio a sus hijos en adopción. Uno, elegido por la Fortuna, fue acogido por un matrimonio de la alta burguesía que no podía tener descendencia. Lo criaron como a un hijo propio y lo quisieron de la misma manera. Nada le faltó en su infancia ni en su adolescencia; sus padres le amaban ciegamente y le concedían t...

Un ligue

La vi en el bar de la facultad, leyendo un libro acodada en la barra, en una postura de marioneta desmadejada que tenía que ser forzosamente incómoda. No era ni bonita ni fea, era diferente. Su vestimenta astrosa y provocativa y sus esporádicos ademanes despectivos y enojados –supongo que con el libro o con su autor- rebelaban una actitud de desafío ante la vida, de reto permanente, de autosuficiente independencia, una de esas anti-todo de las que tan pocas quedan en estos tiempos de conformismo consumista y de nihilismo de marca. Tal vez por eso estaba sola, esa clase de mujeres espantan de antemano a los ligones de barra, y a cualquier tipo de ligones, porque el ligón basa su comportamiento en la seguridad de una rápida conquista de la víctima, que rendida por sus encantos quedará sometida a su capricho lascivo y dominante. Pero en el caso de ella se veía pronto que no caería rendida ante nada y ante nadie, y por supuesto no se dejaría dominar. No me considero un ligón, no al menos...