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En sueños

Me entristeció enterarme de la muerte de Berta Ríos. Por supuesto, también me preocupó, me había acostado con ella la misma noche en que fue establecida su muerte. Además, todo apuntaba a que la muerte no fue natural y había sido asesinada. La tristeza me duró poco, como poco dura el entusiasmo de una relación fugaz de una sola noche, pero la preocupación se aferró a mi corazón con el vigor de una pitón, y me asfixiaba las noches y los días de aquel invierno nefasto. Soy soltero por convicción y mujeriego por vanidad; la soltería es cómoda y libre de compromisos; las mujeres son incómodas y comprometidas, o por comprometidas; sea como sea, siempre acaban por reclamar en algún momento algún tipo de compromiso; se me da bien reconocer cuándo ese momento ha llegado o está a punto de llegar y me bato en retirada sin una explicación o una despedida: detesto las justificaciones y odio los melodramas lacrimógenos. Cierro la puerta y me olvido enseguida de los días o semanas (nunca meses) que ...

¿Cuestión de tamaño?

  Tiene Dostoyevski un relato precioso titulado “Noches blancas” (Bielia Nochi) que no recuerdo ahora de lo que va pero me impresionó al leerlo. (Bueno, en realidad sí recuerdo de lo que va y el título original y parentético es una vacilada para quienes se dejen vacilar.) Pues ese relato corto, intenso y apabullante pertenece a una especie de ramificación literaria del genial autor, famoso por sus inacabables novelas. Digo inacabables sin ningún matiz peyorativo: lo eran literalmente, gracias a Dios. Pero es la 'obra menor' de este autor la que llama mucho mi atención, al igual que las 'obras menores' de otros muchos novelistas, con Kafka a la cabeza del pelotón. En primer lugar, un ejercicio de concisión literaria por parte de tamaños maestros es no sólo una cortesía para con los lectores más fatigados o menos entusiastas, sino una muestra de su capacidad para condensar en pocas páginas lo que bien pudiera requerir un amplísimo campo de plumas, y eso no está al alcance...

Suicidas

  Entiendo bien a los suicidas. El mundo se queda pequeño para ellos y saltan. Yo he tenido esa sensación una o dos veces, sólo que no sabía hacia dónde saltar, ni desde dónde, por eso desistí, pero sigo albergando el alma de un suicida en mi interior. El día que cobre sentido el 'para qué' sabré encontrar el cómo, el cuándo y el dónde. En el fondo todo se reduce a una ecuación aritmética cuyo enunciado la policía, a fuerza de intentar resolver la solución, conoce muy bien. Pero como no tengo amigos policías no puedo obtener respuestas que den sentido al 'para qué. Hay, hubo, miembros de mi propia familia que encontraron ese sentido y espero que también respuestas; porque tengo la íntima sensación de que al final todo es cuestión de respuestas. Pero quién necesita respuestas cuando ni siquiera son posibles las preguntas. En mi último viaje, un guía local egipcio me preguntó mientras tomábamos un té qué era para mí lo más importante en la vida. Me pareció tan fuera de lugar ...

Rostros literarios

  Me he dado cuenta solo hace poco que cuando leo una novela y los personajes están bien dibujados (mal asunto sería que no lo estuvieran), de una forma inconsciente les pongo cara a esos personajes, les otorgo rasgos de personas reales o literarias que han dejado poso en mi recuerdo como arquetipos de ciertos patrones vitales, casi siempre al criterio de mi capricho no del todo consciente.   En la última novela que he leído, “La dama de blanco”, de Wilkie Collins, autor con un enorme talento para levantar estructuras de intriga que se desarrollan a lo largo de no menos de 800 páginas sin que la tensión narrativa decaiga ni canse al lector. Uno de los personajes principales, de especial malignidad es sir Percival, cuyo único fin es hacerse con la herencia de su futura esposa, y no se molesta en disimular sus perversas intenciones ni aun cuando todavía hacía la corte a la señorita Laura. A este sir Percival le asigné los rasgos del actor Rufus Sewell, el villano que se enfre...

Leer

Un lector compulsivo es una especie de loco, pero de loco verdadero, que son los que parecen cuerdos. La lectura como agente activo de la locura no es una explicación: muchos leen sin volverse majaras. Lo anómalo está pues en el lector, en cierto tipo de lector. ¿Qué impulsa a alguien a leer una vez tras otra una obra? ¿Qué magia o veneno lleva a algunos a la lectura como los podría llevar a la droga? La respuesta, como casi todas, es especulativa: la insaciable curiosidad; el querer saber, y sabiendo, saberse, ser más profundamente uno y sin darse uno cuenta, mejor persona; el irrenunciable ejercicio de la libertad individual que a través de la lectura los emancipa y enajena, los hace otros y hace otros a los otros (mejores personas). La lectura cambia la vida de los lectores, de esos lectores compulsivos, intransigentes, devotos. La lectura ejercida con fiereza tensa cada músculo del cuerpo, desgarra el alma, aturde finalmente, al acabar, el pensamiento; y provoca un sueño agitad...

Hablando con mi loro

La transferencia de facultades intelectuales, incluso entre seres de diferente especie, no es un fenómeno nuevo, ya explicaba Kafka el caso del mono Pedro El Rojo, en el más sublime de los casos que dejaron constancia histórica. A nivel menos académico lo podemos comprobar casi a diario: perros que actúan como sus amos (y al revés), loros que parecen repetir lo que han oído cuando están soltando un discurso al que nadie atiende, delfines y orcas que adivinan y casi se anticipan a las intenciones de sus adiestradores hasta que se cabrean (como tal vez hicieron esos adiestradores sin darse cuenta al pensar mientras adiestraban a sus pupilos lo mal pagados que estaban, por ejemplo, y la ira contenida en ese pensamiento se propagó hasta las mascotas poniéndolas de mala leche también) y matan o malhieren a esos adiestradores. La mecánica del fenómeno sería esta: “Yo creo que tú puedes ser yo y tú vas y lo eres”. Y funciona, a veces. Si esta insensata idea se tuviera por tesis (biológic...

Momentos

  El viajero es un ansioso: ansias de partir, de viajar, de llegar, de partir de nuevo, ansias siempre insatisfechas a la larga que se colman indescriptíblemente cuando menos se espera, al pie de un collado imposible, sobre un cañón inadvertido, en un atardecer glorioso, ante la estremecedora o sabia mirada de una muchacha inaccesible. El viaje es lo que importa, siempre lo han dicho viajeros empedernidos, y cada viaje me lo confirma. Un recuerdo: bar de carretera cerca de Taba, paramos a fumar una shisha tras un periplo vertiginoso desde Jordania a Egipto, un proyector da vida a una pared con una película o capítulo de alguna serie local, algo raro en España, pero en mi descanso fumo la shisha y encuentro que todo es como debe ser, estoy casi en casa, o casi mejor que en casa. Me siento viajero, no turista, me fundo con el embrujo de un cine a la luz de las estrellas, soy feliz. A veces sobran las palabras, o son insuficientes, sólo cabe vivir el momento.