Ir al contenido principal

El temporal


Estoy en blanco. No sé si me saldrá algo legible así, en frío, con pesadumbre y desgana, que son los peores compañeros para una escritura feliz. Pero siempre que me siento ante el ordenador y me pongo a teclear, al final sale algo, y me sorprende porque minutos antes habría jurado ser incapaz de combinar dos palabras con un mínimo de sentido. Es enigmático y tiene algo de mágico esto de escribir, de verter tu alma en un recipiente –papel, bites, lo que sea- porque aunque al principio te cueste abrirte a la escritura, al cabo de unos momentos ésta acaba tirando de ti, reclamando más y más de tu alma, de tu ser, que es lo que entregas en cada párrafo, aunque no fuese esa tu idea, pero ya estás atrapado: la escritura te requiere y, como al de una de sirena, no puedes no acudir a su canto. Esa es tal vez la prueba más contundente de que tienes algo de madera de escritor, no controlas, te puede el gusanillo, sucumbes y te entregas al siempre dulce y doloroso parto de unas cuantas líneas, de unos pocos párrafos, tal vez un día de cientos de páginas –el Demiurgo me quiera oír-.

En este mundo de majaras en el que hasta los paranoicos son perseguidos de veras hay que andar con mucho ojo para que no te coja el toro de los contratiempos. Donde vivo, sopla desde hace días un vendaval de levante que levanta todo menos el ánimo. A mí me ha impedido levantarme de la cama hasta hoy y aún estoy medio zombi. Menos mal que no vivo de lo que escribo porque iría aviado. Pero al mal tiempo buena cara y a tirar p’alante mientras el cuerpo aguante. Y, bueno, por seguir con la idioteces, mañana será otro día.

“Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de hito en hito”. La Rochefoucauld.

 

Comentarios

Enrique Páez ha dicho que…
Hay días y días (que a veces parecen noches), pero si escribes aun cuando la mente está embotada, puedes decir que eres escritor.
Abrazos

Entradas populares de este blog

El ocio de Bvalltu

Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-.    Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...

Si un hombre...

Si un hombre de traje muy caro y sentado en la cornisa de la azotea de un rascacielos lee aparentemente tranquilo un libro titulado “10 razones para no saltar”, no es aventurado suponer cuál puede ser su estado de ánimo, y aún su previsible intención de futuro. Si un hombre vestido con un traje de marca que sube en el ascensor de un gran edificio observa con mirada fija e imperturbable la bajada de pasajeros de viaje piso tras piso mientra él espera hasta la azotea para apearse, es razonable que uno sienta curiosidad. Si un hombre sale por la puerta de una entidad financiera con su exquisito traje hecho a medida mientras sostiene con su mano derecha una cartera de piel extrañamente abierta hasta quedar desdoblada dejando caer al suelo su contenido de informes, expedientes, papeles de diversa importancia y hasta su móvil (¡su móvil!) mientras sostiene con fuerza en su mano izquierda un libro y en su mirada se lee una decisión sin retorno, no es de extrañar que lo miren ...

El desierto

El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...