Vivimos en un estado de derecho y estamos acostumbrados a pedir responsabilidades a los organismos que dicho estado democrático habilita para que los ciudadanos expongan sus quejas, protegiéndolos así de los atropellos impunes que ciertas compañías de primera necesidad (energéticas, telefonía, etc) vienen cometiendo –bien que con una flamante y nueva piel de cordero más acorde con estos tiempos de persuasiva mentira publicitaria- desde hace lustros. El problema es que esos organismos pensados para tramitar las quejas de la ciudadanía no son todo lo diligentes que sería deseable, o peor, ellos mismos se han burocratizado y convertido en otra pieza del mismo engranaje usurpador de libertades que en un principio tenían por misión combatir. Llevo casi dos semanas sin Internet y cuando reclamo, me siguen contando el mismo cuento de hace veinte años (no en lo referente a Internet, entonces no existía): que si son los técnicos, que ya se sabe cómo son, que si hay saturación en las líneas, etc.) El OCU sólo interviene en segunda instancia, es decir, cuando el reclamante está ya hasta los mismísimos. Y si reclamas, ya sabes: que si los técnicos, que si hay sobrecarga en las líneas, etc. Ya va siendo hora de que en vez de contarnos el problema no proporciones soluciones. O de que se hagan el harakiri de una puta vez.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
Comentarios