Vivimos en un estado de derecho y estamos acostumbrados a pedir responsabilidades a los organismos que dicho estado democrático habilita para que los ciudadanos expongan sus quejas, protegiéndolos así de los atropellos impunes que ciertas compañías de primera necesidad (energéticas, telefonía, etc) vienen cometiendo –bien que con una flamante y nueva piel de cordero más acorde con estos tiempos de persuasiva mentira publicitaria- desde hace lustros. El problema es que esos organismos pensados para tramitar las quejas de la ciudadanía no son todo lo diligentes que sería deseable, o peor, ellos mismos se han burocratizado y convertido en otra pieza del mismo engranaje usurpador de libertades que en un principio tenían por misión combatir. Llevo casi dos semanas sin Internet y cuando reclamo, me siguen contando el mismo cuento de hace veinte años (no en lo referente a Internet, entonces no existía): que si son los técnicos, que ya se sabe cómo son, que si hay saturación en las líneas, etc.) El OCU sólo interviene en segunda instancia, es decir, cuando el reclamante está ya hasta los mismísimos. Y si reclamas, ya sabes: que si los técnicos, que si hay sobrecarga en las líneas, etc. Ya va siendo hora de que en vez de contarnos el problema no proporciones soluciones. O de que se hagan el harakiri de una puta vez.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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