Entro en una farmacia y oigo un retazo de conversación que despierta mi interés y azuza mi imaginación. Aventuro que son dos amigas que se acaban de encontrar tras un tiempo; cuarentonas. "Hay pocos y la mitad son gays", dice la que despierta mi curiosidad; es maciza, pechugona, sólida. "Así que leo, voy al gimnasio, paseo, en fin, ya sabes". La otra asiente, sabe, o imagina que sabe. La del lamento sereno tiene la mirada hambrienta, ojos suaves de gacela en celo que imagino transformados en sus momentos amargos de soledad impuesta en ojos huraños de perro resabiado, en ojos iracundos de pantera despreciada, en ojos húmedos de cenicienta en eterna espera del portador de su zapato de cristal. Hay pocos y la mitad son gays. ¿Y qué pasa con la otra mitad? ¿Son demasiado exigentes? ¿No les bastan tus curvas algo excesivas pero aún firmes, tu rostro moreno de mejillas arreboladas? ¿Se asustan quizá de tu mirada ansiosa, evidente, sin misterio? Se pierde la habilidad de seducir sólo cuando empiezas a compadecerte, a dejar de quererte; pierdes entonces la chispa de tu mirada, tus pupilas se apagan, te vuelves transparente. Tal vez por eso la mitad posible no se fija en ti: no te puede ver. Deja de dar paseos a ninguna parte, dulce desconocida, viste tus pieles de guerrera, recupera ante el espejo la decisión en tu mirada, y sal a saciar tu hambre de hombre, sal de caza y no vuelvas sin una pieza entre los dientes, devora a la vida antes de que la vida te devore a ti: es la guerra, amiga mía, y hay que aprender a sobrevivir, matando si es preciso. Después de la batalla, si te quedan fuerzas, puedes si quieres ir al gimnasio. Y sobre todo no dejes nunca de leer.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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