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Kitty

A Frank se le había hecho tarde una vez más. Ya clareaba el horizonte cuando aparcó el coche delante de su casa. Al entrar miró instintivamente hacia el piso de arriba y vio un haz de luz que se filtraba por una rendija de la puerta del dormitorio. Mary estaba despierta, de nuevo esperándole. Subió y trató de parecer desenvuelto.

 -Hola, cariño, ¿otra vez con insomnio?

 Mary no contenstó. Estaba echada de lado en la cama, medio tapada por las sábanas y completamente inmóvil, se diría que dormía excepto por el hecho de que tenía los ojos abiertos de par en par.

 -¿No tomaste la pastilla anoche?-, preguntó Frank; cambió rápidamente de tema. –Menudo trimestre llevamos, nos sale el trabajo por las orejas. ¿Cómo demonios quieren que rindamos si no tenemos tiempo ni para dormir?-.

 -¿Te acordaste de la comida de Kitty?-, preguntó Mary con voz apagada.

 -¡Vaya por Dios! Ya sabía que olvidaba algo. No te preocupes, en cuanto abran el super iré a por la comida, mientras puedo ponerle algo de leche, ¿desde cuándo no come?-

 -Desde hace mucho; no tiene apetito-.

 -Pero anoche comería algo, le pondrías alguna cosa, supongo-, inquirió Frank.

 -Supones mal. Anoche te tocaba a ti ponerle la comida, ¿no lo recuerdas?-. Mary no cambiaba su postura mientras hablaba, siempre con voz ausente, como si hablara para sí misma. –No, es evidente que no lo recuerdas-.

 -Vamos, cariño, ya sabes lo liado que ando. Sería una gran ayuda que te ocuparas más de los trabajos de casa, así me ahorrarías tener que pensar en tantas cosas a la vez-.

 -Para eso trabajas por las noches, ¿no?, para no dejarte nada por hacer.

 -Sí, para eso, y bien sabes que lo lamento-. Frank se quitaba el traje mientras hablaba, parecía nervioso. -¿Por qué crees que Kitty no tiene apetito?-.

 -Será por lo mismo que yo no tengo ganas de levantarme.

 -Entonces dime por qué no quieres levantarte-. Frank se puso unos pantalones vaqueros y un suéter, fue al baño y se lavó la cara y los dientes.

 -A lo mejor porque no duermo con mi marido desde hace meses.

 -Mira, Mary, no empecemos con eso otra vez, por favor-, ruidos de abluciones llegaron desde el baño, -¿sabes que a lo mejor me conceden el ascenso por fin? Eso significaría que podríamos mudarnos al barrio de las colinas, a una preciosa casa con magníficas vistas.

 -Pero esta es nuestra casa, Frank.

 -De momento, pero querrás tener una estupenda casa nueva, ¿verdad?

 -No quiero, esta es nuestra casa.

 -¡Por Dios, Mary! Esta casa es vieja y pequeña. Te hablo de una gran casa recién construida y con hermosas vistas.

 -Esta es la casa de Tommy, nuestra casa, Frank, no sé qué tiene de malo-. La voz de Mary se vuelve más pastosa, se inclina un poco y alcanza una botella que hay en el suelo. Bebe a gollete un trago largo.

 -Mary, me prometiste que dejarías el bourbon-.

 -Es sólo un trago, tengo seca la boca-. Ahora su voz era más nítida.

 -No es sólo un trago y lo sabes, Mary. No sé para qué prometes cosas que luego no cumples.

 -A lo mejor si tú estuvieras más tiempo conmigo no necesitaría el bourbon. -Una lágrima cayó sobre la almohada.

 Frank la miró y cerró los ojos un rato; sus pestañas estaban húmedas.

 -¿Has pensado lo de ir a casa de mis padres el domingo?

 -¿Para qué?

 -Vamos, Mary, no lo puedes haber olvidado. Llamaron ayer para invitarnos a comer en su casa.

 -Ah, eso. Bueno, no sé, déjame que lo piense.

 -Eso dijiste ayer. Me gustaría que decidieras algo para antes del viernes. Hay que darles una respuesta, por cortesía, qué menos, ¿no crees?

 -No me gusta que me presiones, Frank, ya lo sabes; no lo soporto.

 -De acuerdo, cielo, tómate el tiempo que necesites, pero procura haber pensado algo para el viernes, ¿vale?

 -Frank.

 -¿Si?

 -No me gusta el olor a jazmín.

 -¿Y eso a qué viene?

 -Tú sabrás, pero te repito que no lo soporto. Odio el olor a jazmín.

 -Y yo qué quieres que le haga, Mary- dijo Frank con cara de desconcierto.

 -Tu sabrás- De nuevo la voz de Mary sonada lejana y apagada, como con sordina. Bebió otro trago de bourbon.

 -Mañana tengo una reunión con los otros gerentes de canal, es un fastidio porque durará todo el día y después tendré que ir a cenar con ellos, tal vez a tomar alguna copa; ya sabes cómo son estas reuniones; un latazo, espero que no te moleste.

 -¿Desde cuándo te preocupa lo que  a mí me molesta?- respondió Mary con voz agria.

 Frank la miró de nuevo, pero no contestó; ella no había variado su postura, seguía echada sobre el costado izquierdo, el brazo de ese lado por fuera de la cama, la mano derecha aferrando el borde del colchón, preparada para coger la botella de bourbon. Desde la muerte de Tommy se había vuelto depresiva, bebía demasiado, le hacía reproches. Él no lo soportaba, por eso buscaba excusas para estar fuera el mayor tiempo posible; excusas relacionadas con el trabajo, aunque no todo era eso.

 -No quiero otra casa, quiero seguir aquí, donde vivió mi hijo. –sofocos de llanto llenaron el dormitorio-, mi Tommy, tan pequeño… -alargó el brazo y recolocó el retrato de un niño que había en la mesilla de noche, lo miró largamente mientras gruesas lágrimas humedecían la almohada. Un gato entró maullando por la ventana abierta.

 -¡Kitty! Mi kitty, ven cielo –la gata saltó a la cama, la mujer la acarició, frotó su rostro contra el lomo del animal-, tú si que te acuerdas de Tommy, ¿verdad, cariño? Mi pequeña Kitty, mi gatita.

 Frank contempló la escena asqueado.

 -Es indecente lo que haces, Mary. Tommy está muerto y te empeñas en verlo vivo en cada pedazo de esta casa, en esa gata. Deberíamos sacrificarla, sería lo mejor, no puedes seguir así, te morirás. Por favor, Mary… -se calló y salió de la habitación; Mary escuchó el ruido de la puerta de la casa al cerrrarse-.

 -Me desharé de Kitty cuando tú te deshagas de ese perfume a jazmín –susurró para sí; cogió la botella de bourbon, lloraba ahora sin contenerse. Las lágrimas caían sobre el pelo de la gata, empapándolo.

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