Si hay algo que la Historia ha demostrado es que el destino natural del libro es la hoguera. Nunca sabremos cuántos miles de volúmenes han sido pasto de las llamas, cuánta sabiduría ni cuánta hermosura han servido para calentar a tanto desalmado y tanto fanático que nunca supieron lo que se perdían si en vez de quemar aquellos libros los hubieran leído. Las quemas de libros siempre han tenido lugar en el contexto de conflictos religiosos, en los que los supuestos elegidos para la eternidad de un bando se han apurado en destruir lo único que podía hacer grandes y hacer libres a los del bando contrario, aquello que podía convertirlos en superiores a ellos mismos y destronarlos de su condición de elegidos. ¿Por qué si no iban a causar los libros tanto pavor a quienes jamás han leído ninguno? ¿Qué otra cosa puede haber en ellos que invoque el ensañamiento de los enemigos de sus lectores? Si la fe mueve montañas, la sabiduría las devuelve donde estaban, les reintegra su condición telúrica de inmutabilidad, las redime de servir como instrumento de demostraciones circenses a obtusas religiones. Quemar un libro es robarle la ilusión a un niño, tronchar el tallo delicado e indefenso de una flor, apagar la luna y las estrellas, pero sobro todo es profanar aquello que en el ser humano hay de bueno y de noble, aquello que nos muestra el camino hacia nuestra propia salvación. Quemar un libro es arrancar un pedazo de nuestra propia alma.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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Un saludo.
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