Si hay algo que la Historia ha demostrado es que el destino natural del libro es la hoguera. Nunca sabremos cuántos miles de volúmenes han sido pasto de las llamas, cuánta sabiduría ni cuánta hermosura han servido para calentar a tanto desalmado y tanto fanático que nunca supieron lo que se perdían si en vez de quemar aquellos libros los hubieran leído. Las quemas de libros siempre han tenido lugar en el contexto de conflictos religiosos, en los que los supuestos elegidos para la eternidad de un bando se han apurado en destruir lo único que podía hacer grandes y hacer libres a los del bando contrario, aquello que podía convertirlos en superiores a ellos mismos y destronarlos de su condición de elegidos. ¿Por qué si no iban a causar los libros tanto pavor a quienes jamás han leído ninguno? ¿Qué otra cosa puede haber en ellos que invoque el ensañamiento de los enemigos de sus lectores? Si la fe mueve montañas, la sabiduría las devuelve donde estaban, les reintegra su condición telúrica de inmutabilidad, las redime de servir como instrumento de demostraciones circenses a obtusas religiones. Quemar un libro es robarle la ilusión a un niño, tronchar el tallo delicado e indefenso de una flor, apagar la luna y las estrellas, pero sobro todo es profanar aquello que en el ser humano hay de bueno y de noble, aquello que nos muestra el camino hacia nuestra propia salvación. Quemar un libro es arrancar un pedazo de nuestra propia alma.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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Un saludo.
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